Galo Guerrero-Jiménez
El científico y humanista Albert Einstein sostenía categóricamente que “cada uno de nosotros es responsable de la formación de una opinión pública a través de cada acto, de cada palabra” (2016) que debe ser plenamente asumida por nuestra idiosincrasia personal desde el más pleno convivir de nuestro raciocinio cognitivo, de nuestra emocionalidad, pero, ante todo, de nuestro condimento espiritual que es el que no promueve a ser hijos de nuestras propias elecciones en la medida en que el lenguaje se convierte en un puente de comunicación con una fuerte carga simbólica de la representación del mundo que nuestro yo condimenta, crea, recrea y procrea desde la dinamia de nuestra competencia interior para que la palabra aparezca reluciente de pleitesía humana para crear vínculos de alianza, de promesa, de verdad, de justicia, de paz y de todos los condimentos axiológicos que nos facilita la inteligencia espiritual y la inteligencia interpersonal que son las que nos facultan “para establecer vínculos, para desarrollar correctamente relaciones interpersonales, prepara para desarrollar habilidades comunicativas. Se desarrolla en el plano del diálogo, pero el lugar específico, el marco propio para su verdadero desenvolvimiento es la soledad, [puesto que ella] permite comprender mejor a los seres humanos” (Torralba, 2010).
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