La elocuencia de la palabra desde la soledad y la lectura

Galo Guerrero-Jiménez

El científico y humanista Albert Einstein sostenía categóricamente que “cada uno de nosotros es responsable de la formación de una opinión pública a través de cada acto, de cada palabra” (2016) que debe ser plenamente asumida por nuestra idiosincrasia personal desde el más pleno convivir de nuestro raciocinio cognitivo, de nuestra emocionalidad, pero, ante todo, de nuestro condimento espiritual que es el que no promueve a ser hijos de nuestras propias elecciones en la medida en que el lenguaje se convierte en un puente de comunicación con una fuerte carga simbólica de la representación del mundo que nuestro yo condimenta, crea, recrea y procrea desde la dinamia de nuestra competencia interior para que la palabra aparezca reluciente de pleitesía humana para crear vínculos de alianza, de promesa, de verdad, de justicia, de paz y de todos los condimentos axiológicos que nos facilita la inteligencia espiritual y la inteligencia interpersonal que son las que nos facultan “para establecer vínculos, para desarrollar correctamente relaciones interpersonales, prepara para desarrollar habilidades comunicativas. Se desarrolla en el plano del diálogo, pero el lugar específico, el marco propio para su verdadero desenvolvimiento es la soledad, [puesto que ella] permite comprender mejor a los seres humanos” (Torralba, 2010).


En efecto, el fluir de la palabra para que marque un pacto de convivencia plena con el prójimo, tiene su fundamento primigenio en el silencio, es decir, en la soledad más sentida para crear espacios de reflexión que surgen con fluidez desde el monólogo interior que provoca nuestra inteligencia espiritual para que nuestra cognición mental madure a un grado de una conducta axiológica, simbólica y fenomenológicamente asumida desde esta condición antropológica que “resulta esencial [para] separarse del mundo, refugiarse del mundanal ruido, visitar el silencio y sumergirse en ese estado de vida tan necesario para el equilibrio entre exterioridad e interioridad” (Torralba, 2010).

Por supuesto, que esta realidad ambital para que la palabra madure y se fortalezca del mejor brebaje de lo auténticamente humano no es tal si no se presentan las condiciones personales para el desarrollo de nuestra inteligencia espiritual e interpersonal, es decir, para el contacto armónico y ético con la colectividad a la cual estamos llamados a ofrecer lo mejor de sí. De ahí que, “una tarea fundamental que deberíamos tener muy presente en las instituciones educativas es enseñar a las generaciones más jóvenes a gozar intensamente de la soledad, porque es la fuente del desarrollo de la vida espiritual. Cuando uno se acostumbra a estar solo, descubre los tesoros de su riqueza interior” con la cual sí es posible prepararse para brindar lo más excelso de nuestra condición humana a los demás.

Por eso, el poder axiológico y de fruición de la palabra se vuelve activa, combativa, solidaria, exquisita cuando desde el ámbito de la soledad es posible la creación de espacios para la lectura y la escritura. Pues, si la soledad crea este espacio de riqueza interior, la cultura de la lectura es el mejor condimento para habilitar la palabra en post de la construcción de nuevos universos simbólicos, y no tanto porque la lectura nos convierta en mejores o peores ciudadanos, sino porque “sí nos da oportunidad de pensar, de salir de uno y entrar en otros, de ampliar puntos de vista, otras miradas, otras realidades, otras fantasías. Ese andar del pensamiento lector en movimiento es, por ende, el articulador de nuevas posibilidades” (Bialet, 2018) para que la comunicación sea la más adecuada, la más oportuna; en definitiva, para que nos permita generar vínculos de empatía moral, tan venida a menos en estos días de pandemia y de corrupción político-ciudadana.