¡Cómo añoro aquellos tiempos!

Ruy Fernando Hidalgo Montaño

Los de mi generación me darán la razón, cuando digo que la época en que vivimos nuestra niñez y juventud, fue una época más sana, y mucho menos complicada que la actual. Al decir mi generación me refiero a los nacidos en la prodigiosa década de los años sesenta del siglo pasado.

Ahora voy a fundamentar un poco mi criterio. Eran tiempos difíciles en varios aspectos, pero afortunados en otros, en los primeros, no disfrutábamos de muchas comodidades en una considerable mayoría de la sociedad de aquel entonces, por lo que nuestros padres tenían que bregar fuerte y duro para proveernos de todo lo necesario para sobrevivir con lo que teníamos, o podíamos hacerlo. Había dificultades para poder de alguna forma cristalizar nuestros sueños y casi nada estaba al alcance de nuestra mano, por eso debíamos aprovechar cada oportunidad que se nos presentaba por mínima que fuera, por temor a que no se vuelva a cruzar en nuestro camino, como solían decir con cierta bronca la gente de ese tiempo “Dios está en todas partes pero atiende en Quito” Bueno, ya me he referido a breves rasgos a algunos de los aspectos negativos con los que teníamos que convivir a diario.

En esta parte de este sencillo comentario me referiré a los aspectos afortunados a los que hice alusión en líneas anteriores. No teníamos acceso a muchas cosas, pero éramos felices con las pocas cosas a las que podíamos acceder, tales como una buena charla con un buen amigo mirándonos a los ojos cara a cara, sin que de por medio esté la frialdad de una pantalla, ni que tengamos que hacer clic o presionar ningún enter para que llegue nuestro pensamiento al interlocutor de ocasión- Las citas eran reales, y no virtuales, y eso desarrollaba en nosotros la valiosa virtud de la puntualidad. O por el contrario ponía al descubierto nuestra amistad con el atraso a la hora del encuentro con alguien, también eran muy comunes las amenas tertulias con los amigos, en las esquinas de cada barrio. En cuanto a la música que nos gustaba si queríamos escuchar una determinada canción en un disco de acetato o en un casette en un reproductor de propiedad nuestra, debíamos esperar que en la casa haya suficiente dinero y además cogerlos de buen humor a las personas elegidas para ayudarnos a comprar el tan anhelado disco de 45 revoluciones por minuto, o si teníamos suerte de 33 revoluciones.


En el otro caso del casette, si estaba en blanco teníamos que esperar horas y horas para llenarlo con las melodías de nuestro gusto rogando que el locutor no hable hasta que la canción no acabe por completo para quitar el dedo de pause, y prepararnos para la siguiente. En los deportes pasaba algo similar antes de que la televisión haga su aparición por estos lares había narradores que nos transportaban al lugar de los hechos específicamente en el fútbol narraban con una emoción desbordante, entre los que más recuerdo están Alfonso Lazo, que usaba un seudónimo para sus transmisiones y que era el de Pancho Moreno, en cuanto a comentarios, como olvidar a ese caballero Blasco Moscoso o a otro narrador insigne como Petronio Salazar.

No es que esté en contra de la tecnología, sería iluso estarlo, me preocupa el grado de dependencia que hemos llegado a tener de ella, y un poco de añoranza de mis mozos tiempos.

No es nada raro ver en estos tiempos de avances vertiginosos a gente que se aísla por completo de su entorno más cercano, y se comunica con personas que ni siquiera conoce. Hemos perdido lo que más le hace falta a la humanidad, que es CERCANÍA afectiva y efectiva, le seguimos haciendo el juego a la era del descarte a la que constantemente se refiere el papa Francisco: Charlamos más con individuos que están al otro lado del mundo, que seguramente no conoceremos nunca y descartamos a quién comparte nuestro día a día, salvo que haya un fuerte interés de por medio

Mis deseos fervientes por que salgamos de esa dependencia, y busquemos lo positivo de la vida.