El usuario escanea con la mirada en vez de leer

Galo Guerrero-Jiménez

En estos tiempos de incertidumbre y de corrupción moral y político-ideológica que afectan a la sociedad de manera tan inmisericorde e inhumana, se vuelve imperiosa la necesidad de fortalecer los cimientos más firmes de su condición humano-axiológica y antropológico-ética para que el proceso educativo-familiar, cultural, social y humanístico-científico siga siendo el sostén a través del cual la naturaleza humana pueda continuar en el más alto apogeo de su racionalidad y de dignidad a la que todo ciudadano tiene derecho para vivir con la mejor expresión de su salud intelectual, emocional, espiritual y metalingüísticamente representada desde la manifestación deitática de su conducta cognitivo-comunicativa.

Desde esta perspectiva, y para que no nos abandone la esperanza de graduarnos como seres humanos auténticos, tenemos que seguir manteniendo nuestro derecho a pensar con rigor moral, con optimismo y con la debida responsabilidad personal y social para validar el conocimiento y nuestros actos cotidianos desde la mejor expresión de nuestra educación, la cual, como es obvio, se sustenta en la lectura y en la escritura de las ideas más excelsas que representan una fuente de posibilidades y de acciones de encuentro fecundo para que a través de un trabajo común, sano, solidario, generoso, de revisión lúcida y altamente pensante, reflexivo, meditado, nos demos cuenta que necesitamos educarnos para aprender a pensar desde un proceso de reconstrucción de la lectura, sobre todo “porque un pueblo que lee piensa; y si piensa, seguramente defenderá sus derechos y su patrimonio, redefinir nuevas posibilidades lectoras es una tarea que compromete a todos quienes soñamos con un futuro para nuestra descendencia” (Bialet, 2018). Y, ante todo, porque, desde un proceso lector activo, el lector crea presencia y vitalidad cognitivo-fenomenológico-hermenéuticas para darse cuenta que, según Bialet (2018) “la lectura es peligrosa, es una amenaza para quienes apuestan a la acriticidad, a la desinformación, a la carencia de criterio selectivo; y esta carencia es como un modo de control de una población sin reales posibilidades de elegir sus mejores formas de pensar y vivir. Por eso hay que ofrecer escenarios de lectura a los niños, cuando más pobres, más aún, porque la lectura es liberadora, y nadie puede contener los procesos de pensamiento que genera en cada persona”.

Por consiguiente, es oportuno que nos demos cuenta cómo funciona el proceso lector en el desarrollo de nuestro pensamiento para un auténtico compromiso humanístico. Al respecto, es interesante lo que señala Fernando Balseca (2020) en estos tiempos de aparente lectura en la Internet: “No es lo mismo ojear que leer. ‘Cuando leemos un libro impreso tendemos a concentrar nuestra atención y a desarrollar el pensamiento profundo. Retenemos las cosas. Cuando navegamos por la red, tendemos a picotear la información, a escanear más que a leer, a chequear compulsivamente nuestras redes, a atender a múltiples notificaciones. Apenas absorbemos nada’ (…). Puede que no sea así para usuarios que utilizan la red para divulgar ideas y perspectivas para comprender determinadas discusiones, pero la mayoría de mensajes en las redes sociales son vergonzosamente pobres, fatuos, escandalosos, falsos (…). [Pues] ‘internet está convirtiéndonos en seres distraídos y su efecto se ha multiplicado con la omnipresencia del teléfono móvil´, afirma Bernardo Marín García (…), entre otras razones, porque el usuario de dispositivos electrónicos “escanea con la mirada en vez de leer”.