Alfredo Jaramillo Andrade, poeta de la luz y la armonía

María Antonieta Valdivieso C.

Alfredo Jaramillo Andrade (1934), junto a Carlos Eduardo Jaramillo y Jaime Rodríguez Palacios ha logrado la nota más alta de la poesía lojana de su generación. Su nombre se ha mantenido y se mantiene vigente y con gran presencia cultural durante los años que nos ha entregado su excelso trabajo de poeta, y es un referente en la vida y en el quehacer intelectual de Loja y del país.

Promotor cultural, miembro activo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en donde su presencia es constante e irremplazable, ha ejercido la docencia en el Colegio Bernardo Valdivieso, pero no en la cátedra de literatura, que sería lo lógico, sino en la de física, pues su profesión es de ingeniero agrónomo, graduado en la Universidad Nacional de Loja, amante y cultor de la poesía, que trabaja en ella, que busca la belleza y la perfección de la palabra, y que, según el doctor Fausto Aguirre, y en lo que se refiere a su obra poética es “el resultante del intelectual que trabaja con consciencia, que hace y rehace, escribe y re-escribe, es la escritura sobre la escritura y que busca la perfección de las formas y de las estructuras del pensamiento que allí se vuelcan”.

Lo mismo podemos decir en lo que respecta a la elaboración de sus demás obras: Eslabón, Relumbres de la hoguera, Florilegio galante, Los vuelos eternos y los hijos del sol, Las naves del insomnio, Erranza del fuego herido, El hombre que somos, Señales para el buscador de sueños, Los retoños del abedul y Abreviatura cósmica.

En todos y cada uno de los versos que componen sus poemarios se puede observar esa sutileza, esa sonoridad, esa musicalidad que es característica del lenguaje poético. Utiliza diferentes tipos de estrofas, pero principalmente emplea el soneto, que está compuesto de catorce versos regulares distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos. Transcribo el primer cuarteto de su poema La Patria es grande con grandeza de astro: “Cantar- ¡oh, Patria!- tu grandeza es una/Forma de abrir el corazón al viento, /Como reguero de semilla alguna, /moribunda, feliz, del surco atenta/”.

Según él mismo nos cuenta aprendió preceptiva literaria en el Bernardo Valdivieso; sus primeras creaciones poéticas fueron publicadas en la revista del colegio dirigida por el doctor Gustavo Serrano. Posteriormente colaboró en varias revistas como Alta Sierra y Círculo 9, junto a Max Puertas Alarcón, Telmo Rodríguez, Edmundo Cueva.

Es un poeta comprometido con las causas sociales, defensor de los derechos humanos y opuesto a todo tipo de opresión o segregación de credo, raza o género. El contenido de sus poemas es diverso y aborda temas personales y también de contenido histórico y social. En Álbum íntimo, que le dedica a su hija Paulina, el poeta le obsequia estos hermosos versos: “Quejarse oí tu corazón y el mío/ con un dolor de espigas y geranios/ asombrosamente detenidos/ en todas las paredes del aire y del silencio, en las líneas del libro y los cuadernos/ en la débil arista de una tiza/ en la blusa de tiempo envejecido/en el tablón de tu vestuario limpio…”. En su poema dedicado A la Madre, le canta este florilegio: “Para llegar a ti se necesita/ ser corazón jadeante sin reparo. / La suavidad del ángel que se agita. / Un búcaro gentil. Un signo claro”/.

En su poemario Erranza del fuego herido, compuesto de sonetos, encontramos versos de profundo dolor cuando nos dice: “El tiempo ha decidido tronchar de un solo tajo/ la lila rutilante que enterneció al asombro. Orillando los campos, el día se fue abajo. Impuso la ceniza sus fardos en mi hombro”. Y continúa su bello canto de tristeza: “Ala de mi alma en tránsito de herida. / Nube de altura, distanciado aliento. / Fugitivo pañuelo de mi vida. / Onda despedazada por el viento”/.

Su compromiso con las grandes causas del hombre está presente siempre en su canto poético expresado con estas graves y hermosas reflexiones: “La vara en que os medimos, / la balanza en la que os determinamos, / han perdido brillantez ante el odio: / Se han mutilado los torrentes. / Hemos silenciado el lenguaje de los pájaros. / Han quedado ciegos los senderos planetarios de la paz”/. Y también de contenido histórico como los versos de su canto al ancestro incásico que se expresan así: “Atahualpa. Padre del cóndor. / Culminante viento. / Monte empinado. Conjunción celeste. / Flecha del arco. Varonil acento. / ¡Tronco y torrente de la selva agreste! Se alzan tus brazos rescatando imperios. / Se abren los lirios cautelosamente: / vientres de aroma que tu lanza espera”.

El doctor Ángel F. Rojas en carta dirigida a Alfredo Jaramillo, con fecha 15 de diciembre de 1982, en donde acusa recibo de su obra poética Señales para el buscador de sueños, le expresa con respecto a su profesión: “No deja de ser interesante saber que usted tiene una profesión que pareciera alejada de la poesía. Y digo que pareciera, porque, al contrario de lo que se cree, el cultivo de la tierra y el cultivo de la poesía van estrechamente unidos, se consustancian entre sí. Hay por ello frases comunes que se conjugan como cuando se habla de frutos de la tierra o del caudal lírico. Espero que usted siga siendo tan buen agricultor como relevante poeta”.

Y efectivamente, Alfredo Jaramillo Andrade ha seguido escribiendo y produciendo versos, es un incansable poeta que sigue cultivando poesía, aferrado a su tintero y a su pluma con la que escribe bellos poemas conmovedores que nos emocionan a quienes amamos el difícil y complejo arte de la poesía.

Su vena poética ha sido heredada por su hija Paulina Jaramillo Valdivieso, sobre cuya obra comentaremos en una entrega próxima, pues ella pertenece a una nueva generación de poetas lojanos.