Mirarse en el espejo

P. Milko René Torres Ordóñez

“Cuando ya se hizo hombre, su padre se miraba en él como en un espejo, y no podía ocultar su satisfacción, al constatar los resultados de sus cuidados y preocupaciones” (R. Ortega, Prólogo a Atahuallpa, de Benjamín Carrión).

Comparto, con modestia, este sentimiento. La gratitud es un valor que no tiene precio. Confieso que, en mi corto paso por las aulas del Bernardo Valdivieso, aprendí mucho.

Quizá, redescubrí la fuerza del amor escondido de mi pasión por la lectura, la escritura, la poesía. Más allá de lo maravillosa que es nuestra geografía lojana, siempre será inimitable su cultura. Me encuentro con una de las grandes obras de quien enseñó a leer al Ecuador. Sin exagerar. Con legítimo orgullo, Manuel Benjamín Carrión. He transcrito un pensamiento que dice todo. Es el gozo de un hombre que educó muy bien a su hijo. Hablo del padre de Atahuallpa. La historia lo ha contado. El tiempo lo refresca. La vocación y la misión de cada ser humano se desarrolla con palabras y obras, sobre todo con testimonio. Los hombres tenemos una identidad muy compleja. Heredamos muchos patrones culturales. La suma de tradiciones. Educar es sublime. También es una tarea ingrata, dura. Con frecuencia, audaz. Necesaria. Sin embargo, al tiempo de guiar, nos dejamos llevar hacia un lugar en el cual debemos dar razón de nuestra esperanza. Inmerso en mi nueva tarea de educador he tocado fondo con mi manera de evangelizar y de sumergirme en el mar del contacto diario con una comunidad que quiere encontrar una luz en el trasiego de su oscuridad a la luz. Miradas que cuestionan, gestos que piden comprensión, actitudes que nos colocan en un paredón, en el límite de una muerte inminente. Formar seres humanos exige sabiduría, fortaleza, paciencia. Enseña Bernabé Tierno: “Sin obediencia, sin disciplina, sin autoridad, no habrá jamás verdadera educación. Por la obediencia el niño “tiene la seguridad de realizar las buenas acciones que le inculcan los padres y educadores, cuando todavía no ha logrado descubrir por sí mismo lo que es bueno, lo que le conviene. Por la disciplina aprende a formar buenos hábitos y actitudes, valores sólidos que le proporcionarán confianza en sí mismo y le convertirán en un joven esforzado, responsable y dueño de sí, haciendo suya la frase de W.E. Henley: Yo soy el dueño de mi destino, el capitán de mi alma.

Por la autoridad, fundada en razones y en la coherencia en lo que hace y en lo que dice quien la ejerce, el niño se siente seguro, fuerte y confiado al disponer de un punto de referencia válido y fiable para guiar sus propias acciones hacia el bien y a aprender a valerse por sí mismo”. Cada uno de estos valores son oportunidades de aprendizaje. La persona debe autoeducarse para triunfar en la vida. Necesitamos seres responsables, tenaces, en cualquier circunstancia. Nuestro principal referente es Jesús de Nazaret, Camino, Verdad y Vida.