Solidaridad colectiva

P. Milko René Torres Ordóñez

“En la Biblia hay varias pestes y plagas. Ellas simbolizan castigos e infidelidades humanas respecto de Dios y el pueblo. Representan un estadio de la relación y la comprensión de dicha relación con Dios. Aún hay sociedades que entienden el mal -y lo que nos hace mal- como correcciones de la deidad. Hoy ninguna teología seria acepta eso.

Desde la revelación de Dios como Amor y Donación sobreabundante, no hay lugar ni para castigos ni para correcciones enviadas “desde fuera” (P. Pablo Achondo). La Federación Bíblica Católica (Febic) empezó su proceso de preparación para la celebración de su Asamblea Plenaria en el año 2021. Esperamos llegar y estar ahí. Mientras tanto, algunos países de Latinoamérica, están realizando actividades que tienen relación con el mes de la Biblia. Leer un buen libro es un privilegio. Disfrutar del pan de la Palabra es una bendición. La lectura de la Biblia nos absorbe. Nos lleva al centro del misterio en este mar agitado. Una buena interpretación del texto sagrado requiere actitudes previas. Las más importantes: su lenguaje y su mensaje. Un deficiente acercamiento a la Biblia es peligroso. Cuando hablamos de pestes, plagas, castigos, infidelidades, pecados, involucramos a Dios. El hombre, parece, que queda excluido. Es necesario reconocer que, como seres vulnerables, somos quienes causamos el mal en el mundo. Los autores bíblicos expresan la relación del mal con el mundo con la intención de suscitar espacios de autorreflexión y de acciones de cambio. En cada página de la Escritura encontramos el aliento de vida, la compañía y la paciencia de un Dios Amor. Un Dios solidario. En el corazón divino no hay lugar para correcciones externas. “Ni asteroides que chocan con la Tierra, ni pandemias ni desastres naturales. Nada de eso proviene de Dios, como si su intención y querer incluyeran aquello. Incluso en esos equivocados paralelos con los padres o madres y sus castigos por amor. En el Dios de Jesús no hay tal”. Nuestro Dios espera la respuesta humana, la transfiguración del corazón, la solidaridad colectiva. Lo que todo hombre de fe debe interrogarse es cómo debe nombrar a Dios, cómo seguir esperando y viviendo cuando se encuentra inmerso en el lugar de “aquello que nos hace mal”. Eso es lo propiamente cristiano. La posibilidad de hablar de Dios en el corazón del sufrimiento. Testimonios de aquello hay miles. Son las experiencias más sublimes de esperanza y fe. No pocas veces en el silencio y a través de diminutos gestos de entrega y donación. Dios y los virus. Dios y las guerras. Dios y los terremotos. Dios y el calentamiento global. Suma. Ahí están los creyentes: los que rompen la lógica de cosificación e invocan el nombre de Dios y del hermano sufriente. Hombres y mujeres que dan sentido a la cruz. Nada de lecturas sacrificiales. Solamente la preocupación por el prójimo. Es el Dios que abandonamos. Gracias Pablo.