¿De quién es la culpa?

Diego Lara

Una de las claves para ser exitoso en lo que uno hace es conocer muy bien a nuestro entorno, a nuestra actividad, a nuestros colaboradores, a nuestro mercado.

Un deportista aprende a escuchar a su cuerpo, sabe cuándo debe parar, cuando debe continuar, como hidratarse. Un transportista aprende a escuchar a su vehículo, conoce el sonido del motor tan bien que lo podría diferenciar entre muchos motores encendidos al mismo tiempo. Un empresario conoce como está el ambiente laboral solo con caminar por las oficinas. Un chef sabe si aquel plato está perfecto solo con el olor.

En fin, quien no conoce su actividad no puede ser bueno en lo que hace.
En mi trabajo cuando preguntamos a emprendedores sobre cuál sería el apoyo que requieren para lanzar o escalar su emprendimiento, la respuesta recurrente en la mayoría de los casos es: “…en lo que ustedes quieran ayudarnos”. Pero, ¿cómo ayudar en algo que no conocemos?, sería irresponsable, tan irresponsable como aquella persona que se auto médica o receta a otro sin ser profesional de la medicina simplemente porque ha escuchado que tal medicamento sirve para curar una enfermedad.

Recordemos el caso que se lo discute en las clases de planificación sobre aquel pequeño municipio de un país de Centroamérica que al ser “muy democrático” consultó a su pueblo sobre qué obra deberían construir, tenían dos alternativas, pero dinero solo para una. El pueblo tuvo que decidir entre dotar de alcantarillado a la población o construir un estadio de fútbol. ¿Cuál obra creen que dispuso el pueblo que se realice? ¿En ese caso la culpa fue del pueblo o del gobernante?

¿De quién es la culpa?, del que pide sin saber lo que pide o pide por pedir, o la culpa es del que ofrece y ayuda sin saber el efecto de esa ayuda. Ambas hacen daño.
En conclusión, la culpa es del que pide y del que da, del que propone y del que dispone. Vivimos en una sociedad acostumbrada a pedir ayuda venga de donde venga y una sociedad acostumbrada a brindar ayuda se necesite o no. Alguna vez pregunté a un amigo que ocupaba un alto cargo a nivel nacional, ¿por qué no se discute seriamente el reenfoque de subsidios?, su respuesta fue contundente: “para que cambiarlo si ha estado así por tantos años”. Recordé inmediatamente a mi profesor de negociación que nos decía “no hay preguntas mal contestadas, lo que hay es preguntas mal elaboradas y preguntas realizadas a quien no te las puede contestar”.

Si nos damos cuenta que nuestro interlocutor no conoce aquello que le preguntamos, debemos cambiar la estrategia y adentrarnos a conocer de primera mano y de ser posible a capacitarlo y transmitirle conocimiento.

No echemos la culpa al otro, para salir de este círculo vicioso de la culpa y de la queja hay que leer, prepararse, ser curioso y ponerse en el lugar de nuestros conciudadanos. Ignorar algo no es un pecado, el pecado es dejar en la ignorancia a alguien que puedo ayudar a salir de ella; y, lo imperdonable, es aprovecharse de la ignorancia para beneficios individuales o grupales.