Jaime Rodríguez Palacios: el eterno juglar

María Antonieta Valdivieso C.

Hernán Rodríguez Castelo consideraba a Jaime Rodríguez Palacios como “uno de los poetas más intensos de las últimas promociones ecuatorianas”. Alejandro Carrión al referirse a su poemario Días de sol, días de lluvia, escribía “he saboreado con morosa delectación su poesía, celebrando su creciente dominio de la palabra, su emoción palpitante, su ritmo lleno de ciencia”.

Jaime Rodríguez, Loja 1940, docente universitario y de nivel medio, ensayista, articulista de importantes diarios, director de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, fue primero y ante todo poeta.

Fue poeta desde su más temprana juventud, en las aulas del Bernardo Valdivieso, en la revista del colegio ya publicó sus primeros versos: versos llenos de pasión juvenil, de rebeldía, de protesta social, pero también encendidos de amor, de ternura, de calor humano.

En verso ha publicado Umbral del sueño, Humedad del silencio, Exilio, El extranjero, Diario del exiliado y su última obra Oráculo del fuego. Como ensayista ha escrito “Benjamín Carrión y su cosmovisión de Pablo Palacio” en donde dice: “Recorrer la bitácora que Carrión apunta de Palacio, es descubrir un cuadro delirante en plena media noche, como si hubiese estado pintado con luciérnagas y los pinceles hubiesen sido los enigmas de la soledad y de la muerte…”

De un archivo privado, y al que he tenido el privilegio de acceder, transcribo fragmentos de sus impresiones de un viaje realizado a España en 1995: “¡Por los caminos de Córdova! Partiendo de Madrid con destino a Sevilla el poeta se encuentra maravillado en los caminos de Córdoba -cercados de olivares y naranjos-, bajo un terciopelo rubio y abrasador y los encantos de una ciudad que se precia de ser el claro exponente de la cultura árabe en España”.

Continúa, refiriéndose a sí mismo “el poeta descubre bajo sus pies caminantes, un texto escrito en mármol lustroso de eternidad y olvido y que de inmediato acapara su atención por estar emparentado con la novela de Eliécer Cárdenas y que dice “Aquí yace don Diómedes Díaz entre polvo y ceniza y nada” El poeta se entristece y escribe: Con su clavel de olvido/ y su capa sevillana/ en la mezquita de Córdoba/ don Diómedes Díaz afirma/ que por ahí se ensueña/ que por ahí se asombra/ entre polvo y ceniza y Nada!

En ¡Los famosos ensueños de Gaudí! El poeta se maravilla ante el paisaje crepuscular de la cosmopolita Barcelona, pero sobre todo lo deslumbran las obras arquitectónicas de Gaudí “¡por lo inaudito de su concepción, el esplendor de su magia, el material de sus sueños! “Quizá el templo de la Sagrada Familia, con una vasta estructura que ha de alcanzar los ciento sesenta metros, es para todos los hombres del mundo el más sabio consejo: ¡el hombre no solo tiene el derecho sino la obligación de soñar!”

Volviendo a su producción poética, en Días de sol, días de lluvia, encontramos estos versos repletos de ternura paterna:

Hija mía me eres esencial desde la arañita azul de tu mirada/ hasta la rubia guillete de tu palabra/ Si alguna vez ese ovillo de luz se desatara/ o el filo de tu voz no me cortara, / te juro por mi amor que moriría!/
Te mido con un beso de larga sal y tímida tristeza. / En diminuta esperanza a tus ojos de miel los entretengo. / Y te arropo de silencios mi pequeña/. En Memorias para mi muerte: Cualquier día moriré o Lunes o Domingo. (Un día de a perros) Llorarán los ojos que más quiero!!! Y después: Olvido.
En la contraportada de Oráculo del fuego, el también poeta Euler Granda dice “Una de las constantes en la poética de Jaime Rodríguez Palacios ha sido el núcleo existencial, consecuencia obvia de un pertinaz cateo en su Yo, en sus confrontaciones y fantasmas”.
Simón Zavala Guzmán en el prólogo de esta obra escribe: “este libro es un compendio de metáforas e imágenes sobre el amor. Un conjunto de diálogos entre el alma, el corazón, el cuerpo y la razón del poeta”
De este poemario cito:
¡Mi corazón?… ¡Flor del cardenal que la agostó el invierno!…/ ¡Vivió el tiempo justo de la primavera!
Quiero definir tu ausencia/ y son golondrinas mis palabras: oscuros pájaros del vino!
Encina de fuego al borde del abismo/ mi alma soportó las necias avalanchas de pérfidos inviernos…/ Horrendas tempestades talaron su melena, / los sueños injertados al fondo de sus ramas, / las bellotas, los pájaros, la piel que se abría como sangre polar en su garganta…!

Termino transcribiendo unos versos dedicados a Gustavo Serrano, su padre político y poeta como él:
Poeta en tu ausencia de trigos que son verso/ en mi oscura palabra no invoco la tristeza de tus ríos lojanos/ ni el llanto de los sauces y sus verdes campanas! Quiero hablar de tu luz/ del vino y de los pájaros/ de los nietos y el pan/ de los libros y Dios / de la Muerte y la Vida!

Su vida se apagó en Quito en 1999, pero su obra literaria perdura, registrada muy merecidamente, en las principales antologías de Loja y del país, como son 400 años de Literatura Lojana, de Hernán Gallardo M, Loja en la Poesía, de Arturo Armijos A, La Lírica lojana, de Fausto Aguirre, Lírica Ecuatoriana Contemporánea , de Hernán Rodríguez C.