Lo que sorprendió a la primera dama

Efraín Borrero E.

El país estaba convulsionado por el conflicto bélico del Alto Cenepa. El Presidente de la República analizaba y decidía las estrategias. Nosotros nos encomendamos a Dios.

La Primera Dama de la Nación hizo lo suyo: recorrer la zona de frontera a fin de infundir confianza y fortalecer el espíritu cívico de la gente para hacer frente a la situación con fuerza y valor. El carisma y sencillez eran parte esencial de su personalidad.

La señora Finita, que así gustaba la traten, había visitado Loja en varias oportunidades durante el mandato presidencial de su esposo y se sentía complacida por el afecto y simpatía de los lojanos, pero en aquella ocasión el objetivo era supremo y se propuso cumplirlo sincera y patrióticamente.

En el aeropuerto de Catamayo la recibimos para inmediatamente emprender viaje hacia el cordón fronterizo. Descendió del avión acompañada de su hija y una corta comitiva. Entre las acompañantes estaba una señora que por primera vez pisaba suelo lojano, con quien compartí el vehículo que nos transportó.

Se sacó la chompa porque sentía calor. Estamos aproximadamente a mil sesenta metros sobre el nivel del mar. La provincia de Loja se caracteriza por una topografía accidentada que genera diversos tipos de climas y microclimas, manifesté.

Pasamos por el centro de la ciudad y miró inquieta que en algunos restaurantes había carne colgada en cordeles. Le comenté que es la famosa y exquisita cecina lojana,  una tradición en la provincia desde hace muchos años. Cuando en las haciendas se sacrificaba un animal bovino o porcino para la alimentación, se cecinaba la carne en filetes muy finos a los que luego se salaba para exponerlos al sol. En las noches, para evitar la tentación de las aves de rapiña, pasaban la carne a la espaciosa cocina con leña en donde se ahumaba.

Llegamos a Catacocha. Qué lindo pueblo, expresó. Todos los de la provincia son encantadores, cada cual con su tipicidad y característica. Esta ciudad fue declarada Patrimonio Cultural del Ecuador en reconocimiento a su riqueza arquitectónica, paisaje, arqueología e historia. Su gente es maravillosa, hospitalaria, generosa, cálida y ha aportado en grande a nuestro desarrollo, repliqué.

Le dije que a la izquierda hay un sitio llamado Shiriculapo, un mirador natural en la parte alta de un peñasco de aproximadamente 150 metros de profundidad. Cuentan que algunas personas se han lanzado desde allí para sentir el placer del vértigo. La señora sonreía.

Al pasar por el monumento al Indio Paltas expliqué que allí fue la cabecera principal de uno de los pueblos preincaicos más importantes. Los Paltas fueron laboriosos, aguerridos y bien papeados con maíz, maní y panela. Les daban la chulla hincada a los incas. Desató en carcajada.

Hablé que en 1957 llegaron a Catacocha los primeros Hermanos Maristas, cuya comunidad se  expandió posteriormente por algunas localidades del Ecuador.

Conservo grandes recuerdos de esta ciudad, precisé. En 1969 fui parte del batallón de gente que venimos a ver por televisión la llegada de Armstrong y Aldrin a la luna, y en 1970 la final del campeonato mundial de futbol. Los Cruz, los Salcedo, los Guerrero y otras familias abrían cordialmente las puertas de sus casas.  

Otros, con sus pequeños televisores preferían levantar antenas al pie del Villonaco. Por la fuerza del viento tenían que amarrarlas a un árbol y direccionarlas para captar con suerte alguna onda compasiva. Era la única opción porque en la ciudad de Loja había un canal de televisión sólo con cobertura local. Se quedó pensativa. 

Pasando el puente de Playas apunté con mi mano hacia el lado derecho para mostrarle el sitio de la hacienda Casanga, una de las más productivas de la provincia, parte de los bienes del filántropo Bernardo Valdivieso. Si Oswaldo Burneo Castillo se hubiera adelantado en el tiempo con su ilustrada obra “El Encanto del Último Rincón”, habría tenido información de sobra para lucirme.

Resalté que en la parte alta se encuentra un pueblo llamado Cangonamá, la tierra del legendario Naún Briones que a los hacendados del sector los tenía con los pelos de punta. En una emboscada orquestada por el Mayor Morocho, que luego se cambió el apellido por el de Morosh, para que sea más sonoro y de appeal extranjerizante, lo abatieron en una madrugada de 1935, en Sozoranga. Ciñendo el rostro escuchaba el relato.

El personal de seguridad nos hizo saber que se descartó la posibilidad de avanzar hasta la tierra de Manuel Enrique Rengel Suquilanda, preclaro y reconocido ensayista y novelista macareño.  El viaje continuó hasta Celica “La Celestial” por una polvorienta carretera.

En el trayecto, la señoradisfrutaba viendo los caprichosos, arrugados y misteriosos ceibos a los que miraba fijamente. Seguramente percibía en los troncos, en las ramas y en las raíces de esos árboles facciones que apuntaban a semblantes humanos, de animales o de seres míticos, recordando las palabras de  Xavi Callejo.

La “Celestial”, tierra de mujeres “donosas” (palabra fina y castiza expresada en el campo para decir que tiene gracia y donaire)nos recibió cubierta con un manto de neblina. Nos hospedamosen el hotel y laPrimera Dama dispuso que nos reuniéramos alrededor del televisor para informarnos de las noticias nacionales. El dueño le dijo que sólo reciben la señal de un canal peruano. ¡Qué horror!, exclamó sorprendida. Bajó delicadamente su cabeza y se mantuvo pensativa por un instante.

La Primera Dama habrá meditado con tristeza e indignación la injusticia histórica de la que ha sido víctima nuestra provincia y el maltrato que a lo largo del tiempo se ha irrogado a sus caras aspiraciones.