Regenerar la sociedad

Juan Luna Rengel

Al iniciar la pandemia generada por el coronavirus y los subsiguientes días, todos, a mi entender nos apropiamos de frases como estas: “nadie pensó lo que iba a suceder”, nos cogió desprevenidos”, “el mundo cambió y con el cambiamos nosotros”, “nada podrá volver a ser como antes”, “se vendrá una nueva normalidad”, “la pandemia es una invitación para revisar la forma de vivir”, “es una prueba y una oportunidad que nos da Dios”, entre otras.

Todas significativas y bienvenidas a nuestra vida personal y comunitaria. Personal, porque cada uno somos artífices y constructores de lo que hagamos o dejemos de hacer en la vida, don de Dios. Comunitaria, porque estamos insertos en una sociedad en la que debemos responder por la familia, la vocación y profesión en el marco y respeto de la ley.

Superada esta primera fase se puso fin a los rígidos controles de movilidad, de relación social y familiar, al trabajo y producción y se ha dado paso a un segundo momento: “la emergencia ha terminado, pero la pandemia no”. Ya no es el estado nacional o local el que controla, sino es la persona la que se autorregula con responsabilidad individual y corresponsabilidad social. La prueba de fuego es mi yo, mi cambio, mi oportunidad, desde donde construiremos el nosotros.

La pandemia del COVID-19 sigue causando heridas de dolor muy profundas, pero el mayor beneficio   es haber desenmascarado las vulnerabilidades físicas, sociales y espirituales, diseñadas y construidas por el propio hombre bajo preceptos de violencia, desigualdad e injusticia; propios de un modelo de vida que ha olvidado lo más sagrado del ser humano, su dignidad, sus valores y convicciones y lo ha envuelto en un manto de incertidumbre y angustia.

Salir de esta emergencia mundial, no pasa únicamente por encontrar la vacuna y evitar el dolor de la muerte, sino por terminar con los grandes virus humanos que atentan de palabra y obra a la dignidad humana “imagen y semejanza de Dios”, terminar con el modelo socioeconómico cuya base de desarrollo está en el capital, la explotación humana y de los recursos naturales.

El Papa Francisco, en la iglesia de San Dámaso, el 30 de septiembre no dice: “La dignidad, la solidaridad y la subsidiariedad son vías indispensables para promover la dignidad humana y el bien común, anclados en los principios de la doctrina social de la Iglesia, guiados por la fe, la esperanza y la caridad”.

Para volver a la “nueva normalidad” se debe empezar por diseñar un modelo de vida que premie la participación, el cuidado y la generosidad, para que remplace la indiferencia, la explotación y los intereses individuales y de grupos de poder. La nueva normalidad debe revestirse de dignidad e integridad, de marcos legales respetuosos de los derechos individuales y colectivos y de estados fraternos y solidarios; así habremos aportado a una regeneración humana y social con mejores oportunidades de vida y realización personal dentro de la comunidad.