Las nuevas venas abiertas de América Latina – VI parte

La inversión china había entrado de en pleno en Brasil y América Latina; en el 2016, la empresa china Molybdenum compró una mina en Roraima, que provocó sudores fríos en el pentágono y en los conservadores de Washington.
Como era de proveer la deforestación en el Amazonas se disparó, se destruía una superficie diaria equivalente a tres campos de fútbol por día, más que el doble de los años anteriores, conforme los madereros, mineros, ganaderos y agricultores se sintieron envalentonados y los indígenas intimidados; se detectaron más de treinta mil incendios en el Amazonas, el 60% más que en años anteriores, y enormes nubarrones de cenizas oscurecieron los cielos sobre Sao Paulo; Bolsonaro llego a sugerir que las ONG y su maquiavélico dónate Leonardo DiCaprio habían provocado los fuegos para poder atacar a su gobierno.

Los Macuxis, Wapixanas, Ingarikos, Zaurepangs y Patamonas, se prepararían para una nueva batalla en defensa de sus tierras y su agua.

El coltán, denominado oro azul, es un mineral muy cotizado por su uso en telefonía celular, sistema de GPS y satélites; como el Niobio, el Coltán es un excelente conductor de la electricidad, incluso en condiciones climáticas adversas, debido a su extraordinaria resistencia y a un punto de fusión de 3.17°C, molido hasta reducirse a polvo, constituye el elemento esencial para construir los capacitadores eléctricos que regulan el flujo de electricidad desde las baterías a las pantallas; sin el Coltán los teléfonos inteligentes, las tabletas, los aparatos de DVD, las plataformas de videojuegos, los ordenadores portátiles y muchos artilugios más no existirían, incluso ese metal aumenta la eficiencia energética de los paneles solares.

Las minas de Nicolás Maduro, en la gran sabana venezolana, el Coltán denominado “oro azul”; mientras Jair Bolsonaro preparaba los ataques policiales para una nueva agresión a los derechos indígenas, algo sorprendente ocurría, al otro lado del imponente monte Roraima, en medio de un paisaje todavía más misterioso de enormes mesetas y cascadas ensordecedoras de aguas cristalinas, la revolución Bolivariana buscaba una salida a su crisis más profunda en el subsuelo de la gran sabana Venezolana; enormes minas a cielo abierto se habían excavado por donde merodeaban grupo de hombres armados y miles de venezolanos, empobrecidos y desnutridos por una grave crisis de desabastecimiento, se desplazaban a la zona en busca de trabajo y de un salario.

Fue un golpe de efecto a un más gracioso que aquella asamblea de la ONU en Nueva York, en la que Hugo Chávez se sentó en la silla de George Bush y declaró con una sonrisa traviesa “Aquí huele a azufre”.