El placer de la oralidad y la lectura en voz alta

El pensamiento narrativo a la hora de ser verbalizado, es decir, a la hora de contar una historia, bien sea un cuento de la tradición oral, una narración artística, bien una leyenda, un mito, e incluso una historieta, o la creatividad que el niño o el joven tienen para imaginarse una ficción del momento, sobre todo de inventos que se salen de la lógica racional y coherentemente estructurada, obedece a esa circunstancia natural, espontánea y de juego que le surge con facilidad al infante desde el instante en que adquiere el habla.

Por lo tanto, desde la oralidad, la palabra se vuelve artística; hay un arte para contar un hecho ficticio o real; pues, se trata de hacer de la palabra oral, una bella narración destinada para agradar a un público, pero porque, primero, le grada al que cuenta esa historia dado que, lo que más le caracteriza al niño es el de proporcionar alegría a la vida dada su fuerte carga emocional para transmitir sus sentimientos. A eso se debe, quizá, la contundente afirmación de Zátonyi (2011): “El rol del arte es reflejar y construir una realidad accesible, excepcional, eufórica o convencional, la que sea, construir maneras de acceder al conocimiento de situaciones no vividas por el individuo asumiendo la multiplicidad y la riqueza infinita de la realidad” para producir un goce estético en quien cuenta y en quien escucha.

Por consiguiente, la importancia de que el maestro y el padre de familia puedan encaminar al infante al amor por la lectura de asuntos literarios, es de enorme valía para el desarrollo de una adecuada oralidad y para el fortalecimiento de su pensamiento emotivo y racional. Pues, mientras el niño tenga oportunidad de leer, más oportunidad tiene para hablar y ampliar su vocabulario natural y, por ende, para entender con más facilidad la realidad del mundo que empieza, por supuesto, con la selección de asuntos literarios que le sean de completo agrado a ese niño lector. Pues, como dicen los especialistas, “la narración de cuentos está asociada al mundo infantil, aun cuando se la practique con adultos, porque si hay algo que caracteriza a la infancia es la inocencia, la ingenuidad, la capacidad de creer, de jugar.

Y sin duda que algo de eso recuperamos o sacamos a la luz los adultos, tanto al contar como escuchar cuentos. Por eso se dice que se le cuenta al niño interior, al niño que todos llevamos dentro, y lo que hace que este arte siga vigente es, precisamente, la felicidad que trae recuperar ese placer” (Padovani, 2014) de leer, de narrar, de escuchar.

Entusiasmarlo al niño, entonces, para que lea con agrado para que luego cuente esa historia con la frescura que le caracteriza y con esa postura corporal y armónica tan característica de esa edad. “Cada voz tiene un toque único, y ese toque es una mezcla del timbre, el tono, la intensidad y la cadencia. (…) Hoy está demostrado que un buen orador no tiene que hablar siempre fuerte y con entusiasmo. Tú puedes bajar el volumen de tu voz, hablar despacio, tranquilo, pero si de repente lo mezclas con velocidad, si cambias los tonos, el efecto será bastante más poderoso” (Klaric, 2019) y, por ende, muy atractiva esa presencia varonil o femenina de quien en voz alta deleita al público, a sus compañeros de aula, en virtud de que “junto con la memoria, otra característica esencial del acto de narrar es que el cuento importante, el ‘verdadero’ cuento, es aquel que se genera en la imaginación de quien escucha” (Padovani, 2014), y esta es quizá una de las más altas distinciones axiológicas que genera un cuento bien narrado en voz alta; pues, el público, dado el impacto de lo que escucha, ha generado un poder de “autoconciencia: como capacidad de saber qué está pasando en nuestro interior, qué estamos sintiendo. Entrenar el ‘yo’ y crear esquemas mentales positivos” (Coque, 2013) son, en efecto, producto del singular goce estético-lúdico-experiencial.