Sentidos decesos en Loja

La muerte sigue golpeando sin piedad a nuestra querida urbe. Lo ha hecho en estas últimas semanas con la partida eterna de decenas de conciudadanos, pero especialmente con la de cuatro distinguidos profesionales: tres lojanos de nacimiento y un lojano de corazón. Todos, valiosos seres humanos, forjadores de respetables familias del vecindario e invalorables integrantes de nuestra sociedad que queda incompleta por su ausencia.

El doctor Santiago Alejandro Ojeda es uno de ellos porque  deja una larga estela de trabajo incansable y ejemplar, teñida con la impronta de la trascendencia y la solidaridad: sea como próspero y correcto empresario que apostó toda su energía y pasión para el progreso de Loja;  sea como prestante docente escolar y universitario, o como respetado y reconocido ciudadano, siempre dispuesto a cargar en sus hombros las nobles causas  del prójimo, como por ejemplo: haber liderado con tiempo, bienes y persona, la quijotesca lucha de los profesores jubilados de la Universidad Nacional de Loja para conseguir el justo reconocimiento de sus haberes jubilares.    

Otro conmovedor deceso que ha generado onda congoja en Loja ha sido el del doctor Humberto Castillo Franco, prestigioso y probo galeno lojano; quien dedicó gran parte de su vida al ejercicio de la medicina como postulado para defender la salud de los demás. Con sincera intención de servir a Loja, fundó y puso en marcha, desde hace años, la Clínica Santa María, en la que trabajó hasta sus últimos días. Ocupó con acierto varios cargos públicos de gran responsabilidad como Jefe Provincial de Salud y Director del Hospital Regional “Isidro Ayora”. Se desempeñó como profesor universitario; defendió con ahínco los derechos de su clase a través de la presidencia del Colegio de Médicos de Loja y fue miembro activo del Consejo Directivo de SOLCA (Núcleo de Loja). A ello se suma un enorme carisma y voluntad de servicio que lo hizo merecedor del leal aprecio de muchísimos amigos y pacientes, quienes lloran con justificada razón su partida.

También me refiero a la muerte del doctor Homero Jimbo Soto, destacado abogado en el libre ejercicio; ex presidente del Colegio de Abogados de Loja; valioso docente de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de Loja; magistrado de la Función Judicial y generoso formador de abogados al servicio de la colectividad. Paralelamente a ello, el doctor Jimbo Soto fue dueño de un especial don de gentes que le granjeó cientos de perdurables amistades que se beneficiaron de su transparente cordialidad multiplicada con el tiempo. Su fallecimiento ha enlutado al foro jurídico lojano.

Así mismo, ha sido lamentable el viaje perpetuo de Carlos Alvariño Betancourt, bondadoso intelectual cubano que se trasladó a Loja, junto a su familia, en busca de mejores días, para convertirse en un extraordinario colaborador de la Casa de la Cultura (Núcleo de Loja); y, brillante profesional en el manejo y corrección editorial de textos literarios y ensayísticos. Muchos debemos al inteligente y buen amigo Carlos, la publicación de libros y revistas culturales que circulan en nuestra ciudad. Su ausencia deja un gran vacío en el ámbito de las letras lojanas y será sentida en mucho tiempo.

Personajes como ellos han hecho de Loja un rincón multicolor para quererla, honrarla e identificarnos por siempre; sus virtudes, iniciativas y ejecutorias que las guardaremos con celo en la memoria, ratifican los dignos cordeles con los que se tejen los sueños y realizaciones de nuestra tierra.

En su partida hacia la aventura sin fin, muchos lojanos les extendemos el más fuerte y estrecho de los abrazos; no sin antes agradecerles por todo lo que fueron e hicieron; y nos consolamos con el existir y la amistad de sus hijos, hijas y nietos, quienes les sobreviven para prolongar su notoria existencia. ¡Adiós queridos amigos, nos harán mucha falta!

Desde esta columna de opinión exteriorizo mi solidaridad a todos y cada uno de sus familiares.