La cercanía a la fiesta de la Navidad, nos recuerda que el mes de diciembre siempre ha poseído la connotación amorosa, la representación del renacer del ser, inmutable y sereno, pero el hombre y la mujer se han dado a la tarea de hacer de este tiempo de mercadeo, conflicto de tristeza, de dolor por no poder dar a los suyos una representación de su afecto. La unión familiar no se expresa de la manera adecuada, estamos en unión pero no lo estamos. Nuestros niños tienen los juguetes, pero no tienen los padres, que jueguen con ellos, porque están ocupados en sus conversaciones de adultos. Los niños se meten en sus mundos de juegos y sus padres en sus mundos de adultos y la familia va tomando una connotación, de tú en tu mundo y yo en el mío. Sin darnos cuenta que el amor se entrega a través de un abrazo, de un beso, de una caricia. Nosotros hemos etiquetado el amor en una joya, en un vestido, en un juguete… así la humanidad, sobre todo la actual se ha convertido en esclava del dinero y de la mayor ganancia posible, carente de valores y miedos como producto de la vigencia del temor, es por ello que la Navidad ha perdido su sentido.
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