El doble sicariato contra Harrison Salcedo

Primero fue el horrendo asesinato del abogado Harrison Salcedo, en la ciudad de Quito, y luego el no menos criminal linchamiento mediático, en el que los medios de alienación masiva en lugar de escandalizarse por el brutal ataque que acabó con la vida de un prestigioso profesional del Derecho, se ensañaron contra la víctima que ya no podía defenderse, afectando a su honor por haber asumido la defensa de personajes de tendencias políticas progresistas y también de un líder de una banda de delincuentes.

El trágico episodio se vuelve más triste por el silencio de los colegios de abogados, que no han salido por los fueros de sus socios que están en el libre ejercicio profesional, cumpliendo estrictamente lo que contempla la Deontología Jurídica.
Apelo a las enseñanzas de mi profesor de Deontología Jurídica, Dr. Rubén Ortega Jaramillo, que con pleno conocimiento de la materia explicaba que el abogado está en la obligación de prestar sus servicios a cualquier ciudadano que se los solicitare.

La argumentación es la siguiente: quien ha adquirido la profesión de abogado ha recibido ese privilegio de la sociedad en la que vive y por lo mismo está obligado a poner sus conocimientos al servicio de esa sociedad, la misma que requiere que cada uno de sus miembros cuente con la debida asistencia jurídica cuando se trate de la defensa de sus prerrogativas. No es moralmente aceptable que alguna persona se quede en la indefensión, ninguno de los códigos de todos los países del mundo lo admite; a nadie se lo puede juzgar si no cuenta con los servicios de un profesional del Derecho. Cuando un abogado asume la defensa de una persona acusada de una infracción hace posible que se pueda ventilar el respectivo juicio y que finalmente se llegue aplicar la justicia. El reo tiene pleno derecho a escoger libremente el abogado que estime que le garantiza una defensa adecuada y el profesional escogido tiene la obligación moral y legal de tomar el caso. Todo esto lo saben muy bien los comunicadores.

Harrison Salcedo se mantuvo incuestionablemente dentro de los marcos de la moral y la ley al haber asumido la defensa de los clientes que tenía al momento de su asesinato, pero los canallas de la prensa corrupta, prescindiendo de lo que dice su Código de Ética Profesional, aprovecharon la ocasión para denigrarlo, muy cobardemente porque lo hicieron cuando ya había fallecido. Este linchamiento no se reduce a manchar el honor de un abogado, sino que pone en riesgo a todos los abogados del país, que corren el peligro de ser desacreditados, descalificados, manchados, desprestigiados, en mengua de su honor y el de sus familias, por la perversidad de algunos comunicadores que no conocen la honestidad.