El conocimiento desde la autoconciencia del lenguaje

El ser humano necesita saber, necesita conocer para poder orientarse en el mundo, en su mundo, y en el mundo de los demás con quienes se relaciona. Esta relación desde el conocimiento se facilita, como es sabido, desde el lenguaje, que es el medio más idóneo para conocer el mundo y apropiarse de él, bien desde la observación, desde la oralidad, desde la escucha, desde la lectura y/o desde la escritura que todo ciudadano debidamente alfabetizado puede ejercer para que la comunicación sea más fluida, más vivida y acorde a los efectos de la inteligencia lingüística y emocional que debidamente asumidas engendran un nuevo patrón de conducta: la inteligencia interpersonal y espiritual, tan descuidadas hoy en día, quizá por el consumo desmedido de bienes materiales que le producen un relajamiento displicente, como el de los bienes tecnológicos que si no les damos el debido uso, no le permiten al ciudadano llegar a pensar por sí mismo y desde la raíz de su entelequia y desde su corazón que, metafóricamente, es el que llega a sensibilizarnos para valorar la vida en toda su magnitud.

En efecto, el lenguaje o, mejor dicho, el metalenguaje como el mejor medio para conocer el mundo, nuestra realidad y la realidad de los demás, siempre desde la más cálida presencia de nuestra metacognición, es decir, desde la conciencia que es la que “cobra una clara entidad cuando entra en juego el lenguaje. El acceso a la conciencia de los diferentes conocimientos que tenemos, de los diferentes procesos que ponemos en funcionamiento, se suele realizar y facilitar principalmente por medio del lenguaje. La posibilidad de verbalización de conocimiento conceptual resulta fácilmente comprensible” (Téllez, 2004) desde una actitud lingüística debidamente procesada en nuestro cerebro hasta llegar a producir o a receptar ese conocimiento desde una ponderada posición psíquico-contextual en cuya representación de significación, ese hecho o fenómeno asimilado mentalmente, nos produzca un efecto estético-axiológico-hermenéutico, bien se trate de un hecho artístico o de carácter científico-humanístico.

Ese goce estético que produce el conocimiento desde el metalenguaje, es quizá lo más granado que la inteligencia lingüística nos puede proporcionar, porque se trata de una búsqueda de un lenguaje que se apropie de la realidad desde la mejor óptica de lo plenamente humano-vivible, es decir, donde cada uno aprende a descubrir que puede observar, hablar, escuchar, leer, o escribir desde su propia creatividad idiomática hasta volverla coherente, armónica para sí y para los demás, porque desde la experiencia de la autoconciencia, aparece el don de la sabiduría, o al menos la apertura intra e interpersonal para que la palabra tenga su propio espacio de manera que ese lenguaje asumido les permita a los humanos “afrontar la vida sintiéndose menos solos, con historias comunes, con valores compartidos” (Padovani, 2014), porque desde esta perspectiva es posible encontrarle sentido a la existencia humana, tan apabullante e inarmónica cuando el lenguaje se produce para una vivencia de muerte, de soledad y de atropello a la dignidad humana.

De ahí que, el conocimiento de nuestra realidad desde el lenguaje necesita ser aprendido y aprehendido hasta que, como hemos dicho, nos demos cuenta que es necesario aprender a comunicarnos con una voz personal, dado que se trata de un acto de autonomía, de voluntad y de libertad plena que nace y se procesa desde la autoconciencia del lenguaje. Por eso es que, como señala la neurobióloga Rita Reig Viader, “para aprender es imprescindible generar recuerdos. A veces es necesario que la memoria a corto plazo se convierta en memoria a largo plazo, de manera que podamos utilizar una información cuando la necesitamos semanas o años después. Para ello, es necesario que ese recuerdo se consolide en nuestra memoria y lo cierto es que el cerebro posee mecanismos, como la plasticidad sináptica, para hacerlo” (2019).