Grandezas de Loja

Hace 472 años fue fundada la ciudad de Santa María de la Inmaculada Concepción de Loja. En el mismo lugar donde estuvo emplazado el pueblo de los Cusibambas, que pocos recuerdan en especial los que tienen el privilegio de llamarse lojanos, por haber nacido en la muy noble y leal ciudad dibujada por la espada aventurera de Alonso de Mercadillo.

Se estima que entre Cusibambas, Zhucos, Motupes y Chinguilanches vivientes y tenientes de toda la hoya se encontraba un aproximado de 10.000 almas, y unos quinientos hispanos colonizadores los retuvieron alterando el idioma y las costumbres.  

Los nombres de los ríos, de algunas poblaciones y los apellidos caciquiles y de otras autóctonas celebridades, fueron borrados del quichua y extraídos del léxico castellano, olvidando sus primitivas y elocuentes denominaciones. Sobre tan raigal preexistencia Cusibamba se alzó a la vida española, que más tarde los descendientes de los Quijotes y Quijanos, tendrían que presenciar las gestas libertarias de nuestros patriotas, por la liberación del yugo ibérico.

Las leyes españolas ordenaban a los fundadores que: “La planta se dividirá por plazas, calles, solares, a cordel y regla, comenzando desde la Plaza Mayor y sacando de ella las calles a las puertas y caminos principales, dejando tanto campo abierto, que, aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma”.

Los blancos colonizadores aprovecharon las ideas humanistas y el trabajo trazado de las llactas aborígenes. A los trazados criollos les aumentaron diseños de defensa; una especie de renacimiento y nacimiento de las ideas barrocas. En Loja se cumplieron las leyes de indias y la ciudad adquirió su personalidad urbanística. El humanismo católico de los vecinos hispanos se sintetizó en las iglesias y conventos, todo enmarcado por ríos circundantes: el Pulacu, el Guacanamá y el Jipiro; por el Villonaco el Zhañi y el Carigán.

Loja, la ciudad recostada entre dos ríos ha crecido de a poco. Del ayer hablan poco o nada las callejas empedradas y las guazhacalles de tierra pura y estiércol. Las guazhacalles de los tiempos coloniales son ahora avenidas pavimentadas y calles asfaltadas; antes, adoquines que daban gracia e historia. La luz eléctrica ha suplido a los faroles que pretendían serenos y los mecheros con grasa de las casuchas suburbanas. El agua entubada ha matado a los aguateros, a los pozos de agua y a las norias. Sólo el páramo helado es el mismo; sólo el hambre que muerde las tripas se conserva. La voz de Dios y el eco de las campanas son los mismos; los mismos creyentes; los mismos miserables.

Por ello considero que Loja cuenta con dos grandezas. La primera representada en lo jurídico, su extensa unidad provincial dentro del mapa de la República; y su grandeza vitalista que le ha llevado a un plano intelectual muy alto a pesar de todos sus males transitorios.

A Loja no le ha hecho la nobleza, la ha hecho su provincia. La unión y presencia constante de sus cantones ha formado esta moderna y multicolor ciudad. Fortunas, bandos opuestos, cholos, chazos, indios, blancos, amigos, enemigos y forasteros le están formando, sin adherirse a sueños evocativos de colonia.