Día de los Difuntos y la colada morada conservan la tradición del Ecuador

En estos tiempos de modernidad y adelantos tecnológicos en la comunicación, consideramos necesario inventariar el pasado de nuestros pueblos, para saber nuestros antecedentes culturales y de dónde venimos nos ayudará a desarrollar un fuerte sentido de quienes somos en realidad para establecer nuestra identidad esencial única y autentica, recordamos la sentencia de Marcus Garvey: “Un pueblo sin el conocimiento de su pasado histórico, origen y cultura es como un árbol sin raíces”

En nuestro país se celebra el 2 de noviembre de cada año El Día de los Difuntos, que coincide con la celebración católica de Todos los Santos, al igual que otras festividades esta celebración es el resultado del sincretismo cultural al fusionar una antigua tradición indígena con la fiesta católica. Evocamos y recordamos: ”la fiesta del día de los difuntos o finados” que celebramos todos los ecuatorianos porque es una conmemoración importante dentro del calendario de Arte y Cultura del Ecuador, se remontan al siglo XVI, cuando los indígenas recordaban a los muertos con algunas prácticas sociales y religiosas.

Las ceremonias llamadas “Ayamarcha”, se celebraban en el mes de octubre mediante cantos fúnebres y la preparación de comidas especiales hechas con maíz negro. Una de ellas era la clásica colada morada (originariamente llamada uchucuta), acompañada con la también típica guagua de pan.

Las civilizaciones prehispánicas de América también rendían culto a la muerte. Los misioneros cristianos tuvieron que adoptar muchos de los ritos y símbolos indígenas para lograr su evangelización. La importancia de estas manifestaciones sociales son tan significativas en la vida de los pueblos que la Unesco ha declarado esta festividad como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En nuestro país es una tradición ancestral, desde el mundo andino que se expresaba en un conjunto de prácticas específicas… Ahora, en nuestras culturas mestizas, esas prácticas están todavía presentes aunque conviven con elementos de otras culturas en un proceso evidente de sincretismo… Tal es el caso de la celebración del día de difuntos. En todas las culturas de cualquier parte del mundo se destinan ciertas fechas a conmemorar a los difuntos y celebrar el misterio de la muerte. Nuestra cultura andina y en particular la cultura Quichua de lo que hoy es Ecuador y Perú celebraban este acontecimiento en el denominado “Ayar Marca” (mes de los muertos) que coincide entre los actuales meses de octubre y noviembre.

La colada y las guaguas de pan tienen su propia historia. En la era incaica, cuando el Tahuantinsuyo incluía territorio ecuatoriano y la cosmovisión andina se había extendido hasta nuestras tierras, celebraban en aquel entonces la fiesta del “Ayar Marca”, la misma que coincidía con el día de los difuntos en el calendario católico. En esta fiesta se realizaban ritos colectivos en los que la población rendía homenaje a los personajes más importantes de su historia; sacaban a pasear a las momias de sus caciques, reinas y gobernadores. La población participaba en cantos y bailes rituales de lamentación y celebración de la vida y la muerte; una dualidad presente como la base de su cosmovisión.

La iglesia católica prohibió las procesiones con los muertos al considerarlas una profanación a su descanso eterno. Más pudo el ingenio de nuestros antepasados que permite la conservación de nuestra propia tradición camuflada con el sincretismo entre esta celebración y la celebración católica; reemplazaron las momias por figuras representativas de pan que cumplían la misma función y que fueron aceptadas por el catolicismo como una forma de admitir sus costumbres, aunque la verdad fue ciertamente distinta. De aquí surgen las “guaguas” de pan, figurillas generalmente sin brazos o piernas de cuerpos largos, ornamentadas con diferentes temáticas alusivas a la vestimenta portada por sus difuntos; tradición que se mantiene hasta nuestros días. El conocimiento fortalece nuestras raíces, pues un árbol es incapaz de desarrollarse sin sus raíces así como una cultura se pierde sin las suyas propias. Así sea.