Al rescate de nuestra sociedad mal hecha

Santiago Armijos Valdivieso

El 17 de diciembre de 2021 se estrena la película “Sin camino a casa”, nueva aventura del asombroso Hombre Araña. Como era de esperarse, la expectativa es enorme entre los fanáticos y los entendidos en la materia calculan que el filme será el primero que, en medio de la pandemia, supere fácilmente los mil millones de dólares en taquilla.

Largometrajes de este tipo; relacionados con las historias y hazañas de superhéroes ficticios como Batman, Superman, Capitán América o Hulk; han sido, son y serán, fuente de admiración e inspiración de millones de niños, jóvenes y no tan jóvenes de todos los rincones del planeta.

Para solo mencionar lo que sucede en la ciudad de Loja, debo decir que muchos amigos, parientes y conocidos, están literalmente desesperados por conseguir un boleto para ver las funciones iniciales y, los que lo han logrado, están contando los minutos para disfrutarla. No tengo duda que lo mismo está sucediendo en otras ciudades del Ecuador y del mundo.

Pero, más allá de esas cifras y del entusiasmo que esto genera, lo más importante es entender ¿por qué sucede esto?, ¿cuáles son las razones por las que fascinan tanto las hazañas de estos titanes ficticios de traje, capa y poderes especiales? y, ¿por qué sentimos tanta emoción con historias que solamente existen en las imágenes proyectadas en la pantalla de una oscura sala con butacas, canguil y gaseosas?

Seguramente, habrá muchos matices en las respuestas, pero me aferro a creer que las historias y proezas irreales de estos seres superdotados nos atraen, deslumbran y encandilan porque son boquetes emocionales para aliviar nuestras constantes decepciones sociales -aunque solo momentáneamente y en la esfera de la imaginación- dentro de una colectividad humana poblada de maldades y en la que la injusticia, la violencia, la intolerancia, la desigualdad, el quemeimportismo y la indolencia, se imponen, rabiosamente, en el paisaje diario para treparse en las crestas de las olas sociales y comandar la conducta humana.

Si esto no fuera así, un niño de 11 años no hubiera muerto el 17 de octubre de 2021 en una heladería de Guayaquil, como consecuencia de un robo a mano armada; ni tampoco hubiera fallecido otro, de 8 años, el 25 de noviembre de 2021, en el cantón Santa Ana (Manabí), a causa de un balazo en su tierno pecho, tras un ataque armado de un delincuente. Si nuestra sociedad no estaría tan enferma, las arcas del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social de la Policía Nacional no habrían sido saqueadas con alevosía por millones de dólares como resultado de la maldad y el ansia enfermiza de obtener dinero ajeno de altas autoridades, ejecutivos financieros y entidades del mercado de valores. Si nuestra inmensa aldea global no estaría tan descompuesta, el grupo extremista islámico Boko Haram, en febrero de 2021, no habría asaltado una escuela en Nigeria para secuestrar a más de 300 niñas y pedir sumas de dinero como rescate, bajo amenaza de matarlas y violarlas.

ustamente, ante esa perturbadora realidad, ante la impotencia humana de no poder enfrentarla como se quisiera y, ante la impunidad que campea y se refriega a diario en nuestro rostro y dignidad; surge la necesidad de refugiarnos en lo que no tenemos, es decir, en la irrealidad de las historias de Batman o el Hombre Araña, para así saborear justicia y poner orden en el caos, así sea artificialmente; pues, ese hombre murciélago o ese hombre araña, también dañados por la delincuencia y arrebatados de sus seres más queridos, hacen con sus poderes y habilidades extraordinarias lo que nosotros, en el terreno de la realidad, no podríamos hacer. Dicho de otro modo, nos identificamos perdidamente con estos personajes de mentira para aliviar nuestra realidad en la que siguen fracasando las estructuras e instituciones para alcanzar la justicia.

A través de estas fascinantes y mentirosas historias, adornadas con hipérboles, magia; y engrandecidas con la impactante sonoridad y efectos especiales del cine; lavamos nuestras espesas frustraciones de carne y hueso que cargamos, individual y colectivamente, desde que tenemos uso de razón y, a mediante ello, protestamos ante los andamios mal construidos del existir.

De ahí, la importancia que tiene la ficción como puerta bienhechora de escape de la realidad y de las limitaciones del existir, como puente hacia las utopías más anheladas, o como refugio de desintoxicación de la larga lista de las innumerables decepciones sociales.

Ojalá nunca falten historias de ficción y que la imaginación de escritores, cineastas y productores chisporrotee hacia el firmamento para que tengamos, en abundancia, el especialísimo alimento que brota de los libros, las películas y las series de fantasía como bálsamo para aplacar heridas y ser menos infelices.

Sigan haciendo justicia, queridos héroes de ficción y de mentira. No desmayen en arreglar esta sociedad mal hecha. Háganlo por todos quienes no podemos hacerlo desde el otro lado del existir… que es la realidad.