El tiempo perfecto

Fernando Oñate

Hace unos días leí una interesante historia acerca del asombroso bambú japonés. Según la historia, los primeros brotes de bambú japonés se obtienen 7 años después de que la semilla fue sembrada; durante ese tiempo, es necesario un escrupuloso cuidado, pues la semilla requiere de cantidades suficientes de agua y nutrientes, los que deben ser suministrados a pesar de que en todo ese tiempo no se puede ver rastro visible de la planta en la superficie. Luego de los 7 años sucede algo maravilloso: los primeros brotes son visibles sobre el suelo y en tan solo 6 semanas el bambú alcanza los 30 metros de altura. Objetivamente, el bambú japonés requiere de 7 años y 6 semanas para alcanzar su máximo desarrollo ya que durante los primeros 7 años la planta crece a nivel radicular y crea las condiciones necesarias para sostener el impresionante desarrollo que se observaría en las siguientes 6 semanas. 

La historia del bambú japonés nos muestra con claridad que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (Eclesiastés 3). El ritmo de nuestros días nos lleva a procurar alcanzar nuevas metas en el menor tiempo posible y muchos optan por atajos cuestionables; o en otras ocasiones, la paciencia es vencida por el afán produciéndose un súbito abandono, cuando se está muy cerca de la meta. Todo en la vida requiere de un proceso, ese proceso, entraña un aprendizaje, un crecimiento, alcanzar la madurez necesaria.

El Señor tiene un propósito para nosotros, el salmista lo reconocía cuando cantaba: “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139). Además, no necesariamente se hará lo que nosotros queremos o de la manera que deseamos pues “mis pensamientos no son tus pensamientos, ni tus caminos mis caminos, dice el Señor. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que tus caminos, y mis pensamientos más que tus pensamientos” (Isaías 55), al ser sus pensamientos mayores a los nuestros, podemos esperar algo mucho mayor para nosotros, pues “la voluntad del Señor es buena, agradable y perfecta” (Romanos 12).

Si aún estamos en el proceso, la confianza en el Señor y en sus tiempos perfectos será el aliciente para no equivocar el camino. “Los que confían en el Señor encontrarán nuevas fuerzas; volarán alto, como con alas de águila, correrán y no se cansarán; caminarán y no desmayarán” (Isaías 40).