Remembranza identitaria

David Rodríguez

Muros, rincones, belleza penetrante y melancólica. Torres viejas, fuertes y pobres que rebasan fe, nobleza y decrepitud; atrios donde llegan los susurros de rosarios lentos y monótonos. Retablos sin la frondosidad provinciana, pero con la prolijidad y gusto ornamental de los síndicos. Aromas dormidos de muchas cosas viejas. Vejez de una provincia joven de los arrabales.  

Hay centenarias ruinas que poseen una belleza compleja y visible en exteriores e interiores; trozos de historia que sacuden el corazón con el recuerdo de golpes pasados. 

Cada cantón tiene su personalidad. Cada ciudad tiene su color dorado y opaco, su historia y su espíritu; hasta el sol parece ser otro en cada uno de los horizontes.

Macará, grande para la ilusión de los viajeros, suscitadora de ideas y de sentimientos. Celica es una vieja ciudad, como una fuente donde los caminantes hallan agua clara. Cariamanga, con sus callejas ruinosas, torcidas y ondas como arrugas. La inteligencia se ensancha y se aviva con la imponencia del Ahuaca, que transpone el radio de los sentidos y penetra en el fondo del ser.

Las calles saragureñas infunden ese sueño de no morir, será porque en ellas nos codeamos con el indigena inmortal y por la maravilla de las aguas de Cullquiyacu. La Iglesia alamoreña, con sus torres de calamina, nos invita a la esperanza, a la fe, como todas las torres de los viejos poblados del altiplano.

En Catacocha hay un contagio peligroso para la integridad de las ideas; deseo de amar, voluptuosidad.

Gonzanamá con sus bellos contornos; invitan al mismo ensueño poético de Javier Drausin Simancas: “cada paisaje es una leyenda, cada leyenda una presea y cada presea un orgullo”.

Pequeñas ciudades en plena evolución progresista, por obra de un movimiento operado de abajo hacia arriba, del fondo de las masas campesinas. Los trabajos se realizan en forma comunal, así como los gastos para la construcción del local escolar o del mejoramiento de la Iglesia y de la localidad. Regiones tradicionales y esencialmente agrarias.

Por las calles lojanas caminan terratenientes, campesinos y obreros de la artesanía criolla, encontramos: chazos, runas, mulatos y negros que nos hacen entender los nexos de sangre española y africana. La provincia, a pesar de sus cuatro siglos de mezclas, conserva tipos raciales bien definidos.

En las alturas viven aborígenes de semblante rudo, ambiciosos y explotadores; de ahí su melancolía y su carácter reservado. Los colonizadores, como los explotadores, no son engendradores de la alegría. La codicia y la sensualidad hacen más relevante la tristeza.

En la índole fogosa y primitiva del fronterizo dejó su huella profunda la sequedad de las areniscas norteñas peruanas y el calor. La vida dura, el peligro y la persecución exploradora, forjó su espíritu lleno de coraje, resignación y estoicismo. El aborigen fronterizo ha tomado parte en las guerras de los invasores y en las de la independencia, por ansia de libertad, su espíritu de lucha contra una sociedad que le postergaba y una fuerza que avasallaba su heredad. Han preferido desaparecer antes que humillarse. Sólo el abandono y la soledad han respondido a sus latentes anhelos.