La metáfora del bosque

Galo Guerrero-Jiménez

Si leer en voz alta a los niños es tan saludable porque escuchan una palabra nutrida, selecta, acompasada, estética y, ante todo, afectuosa, porque la escuchan, en especial de su madre, de su padre o de un familiar cercano que desde esa historia novelada, narrada o expresada poéticamente, llega a la entelequia y al corazón del infante que siente la empatía a través del tono cariñoso, amigable, selecto y direccionado, que capta no solo el tono de la voz sino las señales faciales y gestuales en general; cualidades que le ayudan al infante para afirmarse en la vida, en su entorno, a sentirse emocionalmente seguro y a ser competente para el desarrollo de la comunicación familiar y social.

Si la lectura en voz alta produce estos efectos, la lectura en silencio también produce otros efectos, siempre positivos. Por ejemplo, ipso facto reduce la tensión que hoy aflora por todas partes dado el ritmo de vida acelerado que llevamos en esta era de la virtualización que todo lo reduce al uso de la tecnología, con lo cual el tiempo de trabajo nos agobia, nos cansa, nos estresa y nos acelera el ritmo de nuestras actividades hasta perder la serenidad y la paciencia.

Por eso, qué mejor que al llegar a su domicilio, después de las actividades cotidianas de afuera, la gente tenga el coraje y la voluntad para tomar en sus manos un libro en físico, uno de literatura, en especial, o de la temática que más le agrade; y que busque un espacio de silencio para que en silencio camine por las páginas del texto y si, en efecto, logra engancharse con la historia o contenido de ese volumen, sentirá cómo la tensión corporal y mental se relaja, se modera, se aquieta. El enfado que quizá traía de afuera, el texto lo absorbe, porque la porción de lenguaje que en él aparece se apodera del lector para transportarlo a otras dimensiones muy diferentes a las de la monotonía o cansancio que el trabajo u otras preocupaciones diarias lo atosigan.

Pues, si la vida se complica afuera, o quizá también dentro de su casa, busque, a como dé lugar un espacio para el espacio de un libro y verá que el espacio de su alma, de su psique, se calma, y todo porque pasa a otra dimensión: la del silencio que exige el libro, ese amigo que le conversa con la más tranquila de las pasividades que activamente tienen las palabras que acomodadas al ritmo de la historia o del contenido textual, aparecen con suavidad, o quizá a veces severas, excelsas y cargadas de una dinamia que cuando el lector acuerda, ya está inmerso en ese espacio que siendo físico por el lugar y el libro que porta en sus manos, se convierte en un espacio espiritual; pues, la calma, el silencio, y ese nuevo aroma de palabras que en el texto constan, lo contagian al lector tal como cuando contemplamos o nos adentramos en un bosque, en donde el silencio extiende su manto de quietud, de sosiego, que nos encamina calladamente a sentir una energía que mana de lo más íntimo de nuestro ser.

En efecto, desde el silencio, tal como en el bosque se escucha “atentamente la quietud. En estricto sentido. El bosque no está quieto nunca. En él está en marcha siempre una actividad intensa, pero la naturaleza no hace ruidos estridentes, por vasta que sea su operación. Los sonidos de la naturaleza son armoniosos y callados” (Vincent, 2020) tal como lo son los del lector que en silencio se adentra en las palabras del texto; pues,  se activa una marcada serenidad de espíritu, en vista de que la quietud mental para leer se convierte en otro tipo de inquietud cerebral: amena y con una actividad intensa y cuya estimulación fenomenológica ya no produce ningún estrés en el cuerpo sino un elevado bienestar emocional e intelectual que lo conlleva a una de las más selectas interacciones: el lector y el texto como disfrute silencioso y activo para adentrarse en uno mismo y en la alteridad y conocimiento del otro.