La mejor encuesta de mi vida

Diego Lara León

Mi primer trabajo fue de encuestador en un equipo que realizó un estudio sobre calidad de vida en la provincia de Loja. Recuerdo que luego de haber realizado cientos de encuestas, llegué a la alejada y casi olvidada parroquia de San Guillín. En este fronterizo lugar entrevisté a un anciano maravilloso, que me dio una lección de vida.

Luego de haberme respondido con paciencia cada una de las 130 preguntas, fue él quien me hizo una pregunta, ”¿Para qué son este pocotón de preguntas?” Le expliqué que con sus respuestas estaríamos en capacidad de determinar si él y su familia tienen buena calidad de vida o no. Me volvió a preguntar “¿qué es calidad de vida?” Le respondí con palabras sencillas, pues en mi arrogancia juvenil supuse que aquel campesino no me entendería si le hablaba en el lenguaje técnico que distingue a los “economistas”. Le dije que calidad de vida es vivir bien, ser feliz, vivir sin carencias.

Ese caballero de la vida me retó a, que en base a sus respuestas, le diga si él era feliz o no, que si vivía bien o no.  Acepté encantado, con la seguridad que yo le daría una lección, pero cuan equivocado estaba. Le dije que como el piso de su casa era de tierra, no tenía carro, no cocinaba con gas, etc, etc, etc, él no tenía una buena calidad de vida, en resumen, él no era feliz.

Luego de encender su tercer chamico desde que iniciamos nuestra charla, pacientemente me dijo: “¿Y quién le ha dicho jovencito que yo necesito todo eso para ser feliz? Si yo quiero comer un seco de gallina, salgo al corral y tomo la gallina que quiera, no debo ir por ella al mercado, no debo preocuparme por tener dinero para ponerle gasolina a mi burro, él no la necesita, yo conozco a todos mis vecinos y todos me respetan, aquí no hay mendigos, aquí somos felices a nuestra manera.”

Al regresar por las polvorientas carreteras que aun tenemos por acá, pequeños trozos de mi ego se iban cayendo al mismo tiempo que el carro caía en cada uno de los cientos de baches que “adornaban” esas vías.         

Aprendí algo que hasta ese momento la universidad no me enseñó, que no todo es blanco o negro, que hay una hermosa escala de grises en la mitad, que un punto de vista no es otra cosa que la vista desde un punto.

Como sociedad nos sigue haciendo falta romper paradigmas que nos esclavizan, que nos obligan a actuar en base a los establecido. Aun nuestra sociedad llama familia disfuncional a las familias que no tienen el molde perfecto de: papá, mamá, hijos.  Aun se llama exitosa a aquella persona que tiene una casa, un carro, trabaja duro 11 meses y medio para irse de vacaciones 15 días. Aun pretendemos que todos los jóvenes tengan una carrera universitaria que les asegure ganar bien en el futuro, aun se pretende que un profesional joven ingrese a trabajar en una buena empresa y que se quede ahí hasta su jubilación, por estabilidad se dice.

Resulta que las nuevas generaciones no quieren una casa ni un carro, quieren viajar. No se quieren casar tan jóvenes y tener la familia perfecta. Ni sueñan en estar en un trabajo para toda la vida, quieren experimentar, quieren emprender, quieren volar.

Los sueños no vienen un molde preestablecido. Luchar por los sueños no debe encasillarse a lo que yo estudié o me obligaron a estudiar, o a lo que me tocó vivir.

Carlos Salvador Bilardo, emblemático director técnico de la selección argentina, campeona mundial de fútbol en México 1986, tenia una profesión tan alejada del fútbol, que, si él hubiera hecho caso al “status quo”, jamás hubiese sido el mejor director técnico del mundo. Bilardo es médico ginecólogo de profesión.

Los sueños no tienen color, uno los va pintando.                                                                                                                                                       

                                                                                                        @dflara