El lector moderno

Galo Guerrero-Jiménez

Creo que no se debe decir con toda facilidad cómo se debe leer. Nadie enseña a leer a nadie. A lo sumo se puede ser un mediador, debido a que leer es una aventura muy personal. Sobre todo “una aventura humana, demasiado humana, tan humana como nosotros mismos, lectores en trance de desaparición, y como los que vendrán, lectores desconocidos” (Larrosa, 2009), que aprenden a leer, y por ende a interpretar el mundo, cada cual a su manera.

Es el esfuerzo de la razón, el deleite del corazón y las sensaciones de la emoción humana las que nos llevan a leer tan personalmente. Así, cada lector sabe cómo lee y qué lee, cómo interpreta y qué interpreta, qué entiende y cómo entiende, cómo goza o cómo sufre, qué rechaza y qué acepta…

Hay lecturas que pueden generar en el lector una conciencia sumisa, mientras que esa misma lectura puede despertar a otro lector una conciencia crítica, o incluso de indiferencia, de apatía. Sobre todo, desde la llamada modernidad aparece una nueva realidad cultural de la lectura como consecuencia de la amplia información que surgiría desde esta nueva tendencia socio-humanística en la que las maneras de adquirir conocimiento han ido poniendo en juego todo el conjunto de nuestra racionalidad humana. Y hoy, con mayor razón, en la llamada posmodernidad o era del “homo tecnológico”, en que la lectura va adquiriendo cada día nuevos tipos de lectores muy a su manera, con “una profunda transformación de su visión del mundo” (Bravo, 2009).

Y esta visión del mundo, tan personal a partir de lo que cada lector lee, no es nueva. Hace mucho tiempo, san Agustín dijo algo muy pertinente, como buen lector que era: “Que sea para ti un libro la página divina, para que puedas oír estas cosas; que sea para ti un libro el orbe de las tierras, para que puedas ver estas cosas. En los libros solo puede leer quien ha aprendido las letras, pero en el mundo podrá leer también el indocto” (citado por Bravo, 2009).

Cada lector, por lo tanto, aporta con toda su riqueza personal, dado el componente humano, inmensamente valorativo, que tiene para interpretar, quizá en la misma medida, o más, que el escritor, que es a consecuencia del cual es posible verter esa caudal humano de ideas, no solo en torno al libro sino a la legibilidad del mundo.

Víctor Bravo nos recuerda que “la escritura y, por supuesto, la lectura, están estrechamente unidas al pensamiento de la duda y la pregunta; al nacimiento y llama viva del pensamiento crítico; y este díptico alcanza su máxima posibilidad gracias a otro invento tecnológico, el de la imprenta, que realiza la transformación del libro y propicia el nacimiento del lector moderno” (2009,).

Juan Domingo Argüelles nos amplía y precisa esta concepción de lector moderno, “No es la cantidad de libros que se leen lo que nos amplía el mundo, sino cómo se leen esos libros y qué despiertan en nosotros. En otras palabras, leer libros para pensar y sentir más vivamente: pensar y sentir, lo que ya hacemos, de todos modos, sin libros” (2009), o también sin el medio tecnológico de la imprenta, sino como “homo tecnológico”, desde los nuevos medios digitales, es decir, desde otros formatos para leer, quizá muy cómodamente para algunos, pero, ojalá, siempre con esa conciencia crítica para seguir pensando y sintiendo vivamente, es decir, humanamente.