Numa P. Maldonado A.
El 21 de marzo se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, en recuerdo a la matanza de Sharpeville de 1960 contra manifestantes que protestaban por la aplicación del Apartheid a manos de la policía sudafricana. Desde ese triste día, el mundo en general ha ido poco a poco tomando consciencia de lo que ha significado este atentado contra los Derechos Humanos, que “destruye la democracia y deteriora a los gobiernos”. Y, a pesar de que, sin duda alguna, algo se ha avanzado en estos 60 años en la lucha contra esta nefasta ideología, la Discriminación Racial continúa incidiendo en la desestabilización de las sociedades y socavando las democracias… Además de “erosionar la legitimidad de los gobiernos y obstaculizar la recuperación inclusiva y sostenible de la COVID-19, un elemento catalizador del discurso público que normaliza el odio, niega la dignidad y estimula la violencia”, en las palabras de Antonio Guterres, Secretario General de la ONU.
Si a este flagelo, una odiosa proyección de los tiempos coloniales, según varios estudiosos (aunque su origen bien puede situarse muchos milenios atrás, por los tiempos del esclavismo, por mencionar una época aproximada), constituido en el “motor permanente de la desigualdad” (sigue impidiendo y oponiendo resistencia a la participación de importantes grupos humanos, discriminados en este caso por su color, etnia y procedencia en el desarrollo normal y sostenible de los pueblos), se le vincula a otras igualmente odiosas desigualdades, como la de género, invalidez y, particular y especialmente, de la pobreza, se puede entender con mayor claridad esta crisis socio-ambiental y ética, que no hemos logrado superar…
La discriminación a los pobres, indiferente del color de la piel, la etnia, la ubicación geográfica, el género o la invalidez, es algo que sigue vigente y, aunque nos pueda avergonzar como especie y provocar contra ella dramáticos rasgados eventuales de vestiduras, como en las mejores épocas de la gran hipocresía, es algo que no tiene visos de desaparición, por, principalmente, nuestro enfermizo e insensato apego a los bienes materiales y al rédito. Dejando a un lado a ese extraordinario valor del afecto humano, llamado también compasión por los budistas, del cual tanto han hablado los grandes maestros en todas las épocas. Un valor esencialmente espiritual que, me parece, menos de la mitad de la población humana ha logrado asimilar en su verdadera dimensión e importancia. Valor al cual, líderes espirituales de la talla del Dalai Lama, lo consideran con sobradas razones, tal vez como el único camino para salir del atolladero de esta compleja crisis agobiante que amenaza con destruirnos.
Es que cualquier tipo de discriminación no sólo favorece y alimenta la desigualdad, sino que genera el odio y la violencia. Y a través de la violencia la guerra, la destrucción de ciudades, campos de cultivo y valiosas estructuras, y por supuesto de vida; inmensas olas de migración humana y de sufrimiento…, como la que provoca esta absurda guerra de Ucrania, que nos afecta a todos. Tipos de odios y violencia al cual sólo podemos derrotar con una poderosa arma completamente diferente: el afecto humano, una mezcla de razonamiento lógico, comprensión, generosidad, diplomacia y compasión.
