Decadencia sin retorno

David Rodríguez Vivanco

Cada año el lojano va empeorando. La burocracia se infla como la moneda y los recursos agrícolas industriales son limitados y sin asistencia técnica. Los empleos son acaparados a tal punto que llegan al nepotismo y los colegios son productores de bachilleres que buscan cabida en el presupuesto fiscal y municipal. El empleo es el más pobre porque a más de ser mal pagado, está sujeto a las sutiles y delicadas discriminaciones sociales. Estos hijodalgos en joda están condenados a la angustia de una pobreza perenne.

Loja ha parido grandes hombres, los fervorosos clientes de los partidos políticos, los pedigüeños al Gobierno y a los países extranjeros y tanta mentalidad de petulante y postulante, que buscan abrirse campo a codazos. Algunos tratan de trepar de cualquier forma; son muy capaces de reverenciar, reaccionar y suspirar por alguna revolución de cuello postizo.

Los que integrar las clases “privilegiada” son latifundistas, minifundistas y comerciantes de la provincia. Son los que han construido casas de lujo. Ellos trajeron la idea de la propiedad horizontal; ellos provocan un proceso de progreso rápido. En los tiempos coloniales ya nació esta clase media con los maestros de escuela, peluqueros y al mismo tiempo sacamuelas, chalanes, curanderos especializados en los nacimientos de los productos de amor ilícitos, entre inciensos, soplos y agua de cedro.

Hay un nuevo grupo que vive bien en los contornos de la ciudad de Loja, donde no hay suburbios miserables como esas urbanizaciones de esteras de Lima o las favelas brasileñas.

Los políticos buscan codearse con estos grupos señalados. Sus programas están financiados con promesas burocráticas y artificiales. Pensamientos y programas que se paralizan por la filosofía estática de nuestros gobiernos paternalistas y con orejas de palo.

Existe un desacuerdo entre la ceración de nuevas necesidades, los bajos sueldos y el costo de la vida. Así, la clase media es la que más sufre, la que más aspira a educar a sus hijos y la que más anhela la honradez. Es la más explotada con un día de sueldo para la reina de Loja, para la Defensa Nacional, para los damnificados, construcciones de las iglesias, catedrales y conventos; para las construcciones escolares, las obras pías y, para aumentar el caudal de los pillos. Es la que tiene su sueldo maniatado por el estado, con imposiciones y sin subsidios; es la que no logrará ningún mejoramiento sustancial más que el venido de sus sacrificios e iniciativas.

Nació la clase media cuando los nativos ascendieron a integrar la servidumbre ritual de la sacristía y de ahí a padres de seminaristas, curas y frailes, de muchos especializados en latín para hacer acólitos y en eso de saber de memoria todos los sacramentos. Muchachos que se pusieron calzón para ir a la escuela y botines grandes o estrechos cuando hicieron la primera comunión. Presbíteros que siguieron las huellas de los doctrineros del colonialismo, contribuyendo liberalmente al aumento de la población. No hay novedad en este hecho histórico y muy popular, sino que los hijos de estos clérigos han crecido en el anonimato y no les han hecho herederos de sus fortunas, antes han tenido que hacer reclamos públicos y judiciales por su sangre. Ni siquiera les han brindado el apellido, ese medio de identificación de origen social.