Crisis y encuentro

P. Milko René Torres Ordóñez

Nos encontramos en la Octava de Pascua reflexionando en torno a los acontecimientos que marcaron un antes y un después en la historia de la humanidad. La resurrección de Jesús es más que un hito. Significa, desde mi perspectiva cristiana, un punto de inflexión para todo hombre, creyente o no.

La muerte fue vencida. La vida fue renovada. Me detengo a pensar en aquellos personajes que dialogan, camino hacia una aldea llamada Emaús, acerca de los acontecimientos en torno a un hombre que pasó haciendo el bien con obras y con palabras. El término Emaús, en griego, hebreo, latín, significa primavera templada. Algunas referencias geográficas nos permiten ubicarla como una localidad de Palestina, en el lugar donde se situó la localidad de Imuas, 11 km al noroeste de la actual ciudad de Jerusalén. Algunos estudiosos la identifican con ‘Amwas’ (Emaús Nicópolis), ubicada a 30 km de Jerusalén. Otras excavaciones más recientes indican que Emaús podría ser la ciudad de Quiriat-Jearim, según lo que relata Lucas 24,13: dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. Tengamos presente que un estadio romano antiguo equivalía a 185,125 metros. En consecuencia, 60 estadios serían unos 11 kilómetros (7 millas). Es la distancia en la que se encuentra Quiriat-Jearim de Jerusalén. Los discípulos regresan a la comunidad tras la experiencia vivida en el camino hacia aquella aldea. Renovados,  vuelven para contar a los demás lo que han experimentado. La alegría de descubrir la presencia de Jesús en la fracción del pan. Hemos de destacar cómo la nueva realidad de Jesús tiene otra visión, real, única e irrepetible. Tiene su precio. Viven una fuerte crisis:  ante el saludo de paz de Jesús, tienen miedo. El impacto de su muerte y su presencia viva es un signo claro de algo fascinante. Jesús quiere quitarles su temor. No es un fantasma. Deben tocarlo para constatar que vive. Los invita a comer un poco de pescado. En el compartir fraterno los discípulos reconocen, otra vez, al Maestro. La comida es el momento privilegiado de encuentro y amistad.  Jesús actualiza, como en el camino de Emaús, el mensaje de las Escrituras, una relectura de la ley de Moisés, los profetas y la literatura poético sapiencial, que hablan acerca del Mesías. En ese momento entendieron todo. Son testigos de lo que ven y oyen. Jesús les habla de futuro. Muchas cosas quedan atrás. Ellos tienen una responsabilidad: anunciar el mensaje salvador de Jesús. Así lo hicieron. El paso de la crisis al encuentro, al compartir, a la alegría, es la síntesis de este pasaje bíblico. Caminar con Jesús no es fácil, pero es el más auténtico. Las dificultades que encontramos en el anuncio del Evangelio son señales de vida. Nuestro mundo pasará por muchas etapas de crisis. A pesar de ello, seguirá mostrándonos el encanto de la vida y de la fe. Este tiempo de Pascua, tiempo de primavera, es una nueva estación que renace luego de crudos inviernos. Jesús nace con todos y es para todos.