El oficio de pensar el mundo desde los libros y la lectura

Galo Guerrero-Jiménez

Entre tantas formas que tenemos los seres humanos para comunicarnos en orden a establecer las mejores relaciones axiológicas y estéticas de manera permanente, está el de la lectura de temas literarios y filosóficos o los que el lector prefiera como el de la ciencia y del humanismo en general, los cuales, cuando se encarnan en nuestra condición personal, nos permiten un relajamiento mental, corporal, intelectual, psicológico y ecológico-emotivo-espiritual, especialmente cuando son elegidos libre y voluntariamente.

Si es así, nuestra compostura personal adquiere la suficiente capacidad creativa para asumir relaciones de encuentro auténticas, es decir, con un nueva potencia de grandeza y de preferencia por lo bello, lo justo, lo noble, lo verdadero, y un sinnúmero de elementos armónicos cognitiva y lingüísticamente asumidos, los cuales nos encaminan a salir de sí para dirigirnos hacia la más alta consistencia humana, que es el amor en su más sublime y simbólica expresión, tal como la que posee eternamente encarnada el Ente Divino para esparcirlo a sus criaturas, en virtud de que, como señalan los teólogos, “Dios, por amor, crea a las personas a su imagen y semejanza. Este acto creador las dota de una dignidad suma e inquebrantable, que las hace creadoras a un respeto absoluto, es decir, absuelto o desligado de cualquier condición” (López Quintás, 2014) que no sea esa nueva mirada amorosa por lo humano que, en este caso, se engendra en ese lector que iluminado por esa realidad de lenguaje que en el texto aparece para transfigurarlo mentalmente, dada la nueva energía interior que aparece en su compostura intelectual y que lo vitaliza para saborear las delicias simbólicas que la palabra inmóvil de la escritura tiene con su lenguaje característico para movilizar a un lector que extasiado contempla y actúa en la realidad de la vida con una   nueva y reveladora mirada para engrandecer los horizontes de nuestra realidad cotidiana desde la vertiente de su contingente intelectual, dado que, “el oficio de pensar el mundo existe gracias a los libros y la lectura, es decir, cuando podemos ver las palabras, y reflexionar despacio sobre ellas, en lugar de solo oírlas pronunciar en el veloz río del discurso” (Vallejo, 2021)    que casi no deja huella porque mientras esa palabra hablada no esté enmarcada en la escritura, su aliento se pierde en el vendaval ruidoso y a veces violento que la sociedad produce cada vez más, por falta de una mirada profundamente amorosa y firme para contemplar y actuar en el mundo que nos rodea en sus múltiples vertientes de actividad creativa que aún tiene si nos empeñamos para que así sea.

Tal como sucede con los libros de toda naturaleza temática que nuestros escritores e investigadores siguen escribiendo para engrandecer las diversas tramas de interrelaciones humanas que, desde luego, solo son elocuentes para realizar actos valiosos si el lector logra desarrollar la capacidad de enriquecer su espíritu a través de los mecanismos neuronales que le son inherentes al cerebro humano a través de las tres capacidades cognitivas que enuncia el neurocientífico Daniel Levitin: “La primera es la toma de perspectiva, la capacidad para pensar en nuestros propios pensamientos y comprender que los demás pueden tener ideas o creencias que difieren de las nuestras. La segunda es la representación, la capacidad de pensar en cosas que no tenemos ante los ojos. La tercera es la reorganización, la capacidad de combinar, recombinar e imponer un orden jerárquico a los elementos existentes en el mundo. La suma de estas tres facultades otorgó a los primeros humanos la capacidad de crear representaciones del mundo -pinturas, dibujos, esculturas- que preservan los rasgos esenciales de las cosas” (2019) y que hasta hoy, como en el caso de la literatura y de toda disciplina que se la programa en una obra escrita, crea a escala estético-simbólica, las más excelsas representaciones del mundo para que el lector no solo las disfrute sino para que su espíritu se transfigure para crear ámbitos de realidad fecundos que permitan mejores relaciones de comunicación y de encuentro con el mundo.