Maniqueísmo político: herramienta para odiar y hacer odiar a quienes piensan diferente

Edwin Villavicencio Aguirre

La realidad puede ser distorsionada y el consumo de determinada información podrá permitir que se crean sus propias e increíbles mentiras. Esta ha sido una práctica constante en la política latinoamericana, que no tiene ideología ni se basa en la producción de ideas, mucho menos producto del método científico, al que asisten la gran mayoría de los partidos políticos, actores políticos y autoridades públicas cuando carecen de argumentos para hacer frente a la construcción de un discurso o problemática específica, equivalente a nosotros o el caos, negando intrínsecamente las responsabilidades, tratando de hacernos creer que los males no son resultado de su voluntad, si no dominados por el mal y la responsabilidad del otro.

Este es el maniqueísmo político, fenómeno sociológico resultado del desarrollo de una concepción del mundo y de la vida en la que importan los resultados y no cómo se obtienen. Para estas personas, existe una verdad y es la de ellos. Si las cosas se hacen a partir de sus creencias, todo vale. Nunca se han puesto a pensar que los otros pueden tener razón. No creen que es indispensable que nos respetemos. El castigo a quienes piensan o comentan diferente es la satanización hacia extremos discursivos, etiquetando estos, generalmente en “ismos”, mediante encuadres mentales ya trabajados anteriormente en la opinión mediática.

En nuestro país, al igual que la región, esta práctica de la demonización de quienes piensan distinto, se reproduce con demasiada facilidad, alineando el poder político de turno con o contra el poder mediático, creando narrativas de tipo polarizadoras, estigmatizantes y discriminadoras, a fin de encajar a una persona en esta narración e intentando que su postura o discurso no tenga valía a fin de encajarlo como parte del problema.

Un claro ejemplo en nuestro medio es la narrativa construida del correismo-anticorreismo, cuyos orígenes datan desde la llegada al poder del primer grupo, que durante el ejercicio del poder “desgastó” mediáticamente a sus opositores y obviamente a quienes mantenían criterio diferente (con exclusivas excepciones). En el segundo extremo, del grupo de la oposición al correismo (no necesariamente anticresista), se fortaleció desde la perdida de los recursos políticos claves en el espectro comunicativo, cuya narrativa se basó en el encuadre mental de asemejar a quienes piensan diferente a quienes ostentan el poder político de turno a corruptos, tiranos y hasta delincuentes.

La realidad debe prevalecer por cualquier narrativa, ya que la política y el discurso no es dual, hay innumerables caminos por donde transitar. Este tipo de maniqueísmo destruye y polariza más las sociedades, elementos que por naturaleza son frágiles y de fácil manipulación; es ahí donde la verdadera opinión pública debe prevalecer como resultado de la capacidad reflexiva de las personas.