El baúl de los recuerdos: Una historia desconocida: Rosa María Riofrío Peña

Efraín Borrero E.

Cuando el 23 de febrero del 2019 leí en el Suplemento Cultural de Diario La Hora-Loja, una breve reseña sobre Rosa María Riofrío Peña, reafirmé mi convencimiento, como el de muchos lojanos, que hay nombres ilustres que se mantienen a la sombra de la historia. Sinceramente jamás había conocido nada de tan meritísima mujer.

Posteriormente, la prestigiosa Revista Gaceta Cultural, de mayo del 2022, editada por el Archivo Histórico Municipal de Loja, publicó una amplia crónica de su vida, base de esta narración, a la que se suma la versión de familiares. 

Según dicha crónica, Rosa María Riofrío Peña, nacida en Loja el 13 de agosto de 1880, hija del doctor Francisco Riofrío Samaniego y de doña Carmen Peña Ojeda, tuvo una vida llena de vicisitudes que sólo con coraje y tesón pudo vencer. Lo primero que ocurrió fue que su padre falleció cuando ella estaba en el vientre de la madre, quien le prodigó cuidado durante los primeros años de su niñez. 

En esas circunstancias, doña Carmen se enamora de un hacendado peruano de apellido Alcocer y contrae segundo matrimonio, condicionado a que ella debía radicarse en el norte peruano y a dejar a su tierna hija, Rosa María Riofrío Peña. Bien dicen que “la vida es una dama caprichosa que juega con los humanos”

Carmen Peña Ojeda, entre la espada y la pared, y en la desesperación por resolver su problema, acudió a su mejor amiga: Mercedes Torres, “personaje de tradición y cultura que auspició muchos movimientos políticos y patrióticos en toda la región; persona de la aristocracia y de muchos recursos económicos e influencia en la sociedad”. Luego de comentarle la situación le imploró su ayuda. Amiga querida, te entrego a mi hija para que la cuides como propia, por favor, ayúdame, le dijo acongojada.

Pasado el tiempo y desde la distancia en territorio peruano, específicamente desde la hacienda en la que moraba, Carmen aprovechaba la oportunidad que ocasionalmente se le presentaba con algún “propio”, para enviar misivas a su familia en Loja. En una de ellas, dirigida a su nieto, el benemérito sacerdote Victoriano Torres, fechada el 29 de junio de 1923, le expresa sus sentimientos de añoranza. En la parte final escribió: “Reciban el corazón de su abuelita y que la encomienden a Dios, que yo acá hago lo mismo”

Mercedes Torres, la madre adoptiva, se hizo cargo de ella y le brindó cariño y dulzura. Le prodigó una educación esmerada y contrató profesores de arte y cultura para una educación integral. En edad escolar la inscribió en el Colegio San Bernardo para que se formara como obstetra. Siempre se destacó por su dedicación y capacidad.  

Luego de cursar sus estudios en ese establecimiento educativo, el dignísimo y prestigioso médico y formador de varias generaciones, doctor Zoilo RodríguezRojas, en su calidad de rector del Colegio “San Bernardo”, el 1 de diciembre de 1901, confirió a Rosa María Riofrío Peña la investidura para el ejercicio de la obstetricia, y le otorgó el título correspondiente, cuyo original es conservado celosamente por sus descendientes, especialmente por mi muy apreciada Rosita Torres Bustos.

Es preciso hacer notorio que el 22 de noviembre de 1895, el presidente Eloy Alfaro emite el Decreto con el cual posibilitó la enseñanza de Medicina en el Colegio San Bernardo, y que el 5 de septiembre de 1902 decretó el cambio de nombre de San Bernardo por el de Bernardo Valdivieso, como justo homenaje a la memoria del ilustre fundador de aquel establecimiento.

Luego de algunos años el destino la premió cuando conoció al correcto ciudadano azuayo, Tomás Moisés Torres Andrade, con quien contrajo matrimonio, fruto del cual nacen sus hijos: José Victoriano, Luz Mercedes, Luis Honorato, Celia Rosa, Mariana de Jesús, Rosario Judith, Vicenta Amada, Ángel Cornelio, María Dolores Imelda y Martha Elvira Torres Riofrío, conformando una familia respetable y apreciada por la colectividad lojana.

En ejercicio de su investidura, Rosa María Riofrío Peña prestó sus servicios profesionales como obstetra en el Hospital San Juan de Dios, regentado por las hermanas de la Caridad, que había sido inaugurado el 2 de marzo de 1921 gracias a la vehemencia e impulso de Pío Jaramillo Alvarado. Allí, donde su maestro Zoilo Rodríguez Rojas fungió como Director, prestó su valioso aporte asistiendo con pasión y esmero al alumbramiento de muchos infantes.

Haciendo prevalecer su humanitario espíritu de servicio, Rosa María se movilizaba en forma acuciosa para cumplir con la misión para la que se formó. Lo hacía sacrificadamente y sin miramiento de las condiciones o distancias.

Los hacendados que se habían refundido en sus heredades junto con su familia y permanecían en ellas por largas temporadas, requerían de sus servicios profesionales para atender a las esposas parturientas y no tener que trasladarlas a los pueblos más cercanos en procura de algún o alguna partera empírica.

Uno de esos requerimientos fue el de un hacendado de Catamayo, cuya hija, una hermosa y distinguida dama, quedó embarazada mientras cursaba sus estudios en la ciudad de Quito. Con la indignación que supone el orgullo familiar y a fin de evitar el bochorno social, la enclaustró en su hacienda. Rosa María la asistió diligentemente en el parto y en sus manos nació un hermoso niño.

El acaudalado hacendado, cuya familia estaba ribeteada de abolengo, impuso su voluntad para que ese niño, considerado bastardo, fuese “regalado” a un arrimado de raza negra. Rosa María, impactada por la decisión del padre reaccionó estremecida en sus sentimientos recordando lo ocurrido con ella. Con su inmenso corazón pidió que le sea entregado para tenerlo como suyo y para que se integre a su familia. Así ocurrió por siempre.

Confieso que mientras escribía estas palabras mi mente me llevó mágicamente a aquel año en que la taquilla del Teatro Popular reventaba con la presentación de la película mexicana protagonizada por Jorge Mistral y Gloria Marín: El Derecho de Nacer, que inundó de lágrimas a muchos espectadores.

Rosa María Riofrío Peña trabajaba intensamente en agotadoras jornadas. Sus servicios a la gente de escasos recursos económicos no tenían límite. Esa fatigante vida determinó que contrajera una penosa enfermedad que la consumió y llevó a la tumba. Falleció el 6 de julio de 1933 cuando apenas frisaba los 53 años de edad.

La laureada escritora chilena, Isabel Allende, dice que “La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan”. Por lo mismo, para que no muera el nombre ilustre de Rosa María Riofrío Peña, una verdadera heroína que con sus virtudes, coraje y abnegación marcó un hito histórico en nuestro convivir social, hay que rescatarlo para que brille con luz propia. Rescatémoslo de la sombra de la historia para que esté plenamente visible en nuestra memoria, y para que en las futuras generaciones palpite el recuerdo de una vida realmente ejemplar y admirable.