Abejas y ovejas

Hace algún tiempo leía una interesante frase motivacional atribuida a la National Aeronautics and Space Administration (NASA): “Aerodinámicamente el cuerpo de una abeja no está hecho para volar. Lo bueno es que la abeja no lo sabe”. En esencia, esta frase hace un llamado a superar las limitaciones, al igual que lo hace la abeja, que vuela a pesar de que aparentemente, no podría hacerlo.

Si bien es cierto que la abeja no luce una forma muy “aerodinámica”, pero el Señor la dotó con grandes cualidades, de entre las que se destacan su doble par de alas flexibles a cada lado de su cuerpo y de tamaño justo; su sistema muscular que le permite batir esas alas hasta 230 veces por segundo en un poco convencional movimiento de barrido hacia delante y hacia atrás en un arco de no más de 90º que crea suficiente sustento para hacer posible que la abeja vuele. Además, su atípica manera de volar les permite llevar cargas pesadas cuando es necesario transportar néctar y polen desde las flores al nido.

Al igual que la abeja, todos hemos sido creados con cualidades y características sobresalientes. El salmista decía “Dios mío, tú fuiste quien me formó en el vientre de mi madre. Tú fuiste quien formó cada parte de mi cuerpo” (Salmos 139). La obra del Señor no tiene errores pues “de lo alto nos viene todo lo bueno y perfecto” (Santiago 1).  El Señor nos ama, conoce nuestras debilidades, nuestros miedos, hasta los más pequeños deseos del corazón, “cada cabello de nuestra cabeza está contado” (Mateo 19). “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Efesios 2).

A pesar de esto, el Señor nos da la libertad de elegir el camino que queremos tomar; naturalmente, muchos eligen el camino equivocado y transitando en ese camino cometemos muchos errores y podemos creer que somos indignos del perdón, ¿pero es así? ¿Quién podría perdonar nuestras transgresiones e iniquidades? La respuesta de Jesucristo es contundente: “Si uno de ustedes tiene cien ovejas y una de ellas se le pierde. ¿No deja las otras noventa y nueve en el campo y se va a buscar la oveja perdida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, lleno de alegría la pone sobre sus hombros y vuelve a la casa. Después, reúne a sus amigos y a sus vecinos y les dice: “Alégrense conmigo porque ya encontré la oveja que había perdido”.  Les digo que lo mismo pasa en el cielo: hay más alegría por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lucas 15).

Yo soy una de esas ovejas encontradas por el Maestro, por eso sé que: aunque parezca imposible, la abeja puede volar, y aunque parezca imposible, el Señor puede rescatarnos.