El odio en la política

Campos Ortega Romero

campolin2010@hotmail.com 

A propósito de la lid electoral que se avecina es fácil colegir que los líderes políticos de los diferentes partidos, que aspiran a ganar las elecciones presidenciales, en sus discursos afloran: el odio y resentimiento.

El odio como el terror es un instrumento al servicio de intereses políticos. La clásica obra de El Príncipe de Nicolás Maquiavelo dedica un capítulo completo a determinar cuáles son las cualidades más deseables en el gobernante. Ante la disparidad de rasgos personales, el estadista florentino defiende que aquellos líderes excesivamente amados pueden ser traicionados por ser considerados ingenuos, mientras que aquellos que son odiados pueden ser suprimidos violentamente. El odio es, por lo tanto, una herramienta política que Maquiavelo considera poco óptima para el rendimiento político y poco beneficiosa para la gobernanza. Al respecto, se debe añadir que esta recomendación fue pronunciada en un momento histórico en el que la democracia como sistema de gobierno aún no existía.

Nietzsche lo llamó la “moral del rencor” o “moral de esclavos”, que se producía cuando la «casta inferior», como él la denominó, tenía una imagen deformada de la realidad fruto del odio y del resentimiento que sentía hacia la otra casta que se consideraba superior. El filósofo danés Georg Brandes, probablemente su mejor intérpretesostenía, por su parte, que ese comportamiento no era más que “una forma de venganza”. Ambos se consideran seguidores de Teognis, el filósofo griego que construyó su discurso en torno a la moral individual frente a la colectiva, por lo que para muchos es la base de la teoría del superhombre que defendía Nietzsche, y que en su formulación actual tiene que ver con lo que hoy se llama “empoderamiento”, que tiende a individualizar los comportamientos sociales frente al interés general o colectivo.

Cada individuo, mirándose al ombligo, se considera el centro del universo aún a costa del saber académico y de la razón. Como ha escrito el profesor Vallespín, la democracia está desnuda, el viejo principio romano que legitimaba las instituciones a partir de la experiencia y el conocimiento. Hoy los alumnos dan clase a sus profesores y cualquier recién llegado a la política tiene una teoría del Estado que convierte a Maquiavelo en un advenedizo.

Usted se preguntará que es el odio, para los estudiosos del tema, señalan y mantienen que: El odio es un sentimiento de intensa antipatía hacia algo o alguien, a quien se le desea el mal y se le profesa un desagrado sostenido en el tiempo. Se describe normalmente como lo opuesto al amor, y es un sentimiento que a menudo conduce a la rabia, la enemistad e incluso la violencia y por desgracia destruye la idea de nación.

La palabra odio proviene del latín odium, empleada por los antiguos romanos para todo aquello que resultara desagradable o reprobable en exceso, y comparte sus raíces con la palabra “enojar”, proveniente de inodiare (o sea, “provocar el odio”).

Existen distintas causas por las cuales el odio llega a producirse: la envidia, el resentimiento, la asociación con causas contrarias a la propia, o simplemente la necesidad de buscar un chivo expiatorio para los propios padecimientos. Del modo que sea, las personas que sienten odio a menudo incurren en conductas, pensamientos o sentimientos coléricos, de violento desagrado hacia aquello que odian.

Numerosas culturas ancestrales han alertado sobre el rol dañino del odio, la forma en la que atenta contra el diálogo y el entendimiento, empujando más bien a la gente hacia la destrucción del otro. Además, odiar requiere de la inversión de una importante cantidad de energía y atención en aquello que se odia, dado que se trata de un sentimiento obsesivo, que una vez surgido es difícil de combatir.

A lo largo de la historia, el odio ha sido el causante de numerosas tragedias, guerras y persecuciones, especialmente cuando es inducido por motivos ideológicos, es decir, político o religioso. El odio entre los pueblos puede ser tan duradero que generaciones enteras crecen dispuestas a agredir y ser agredidas por personas desconocidas pero asociadas a una condición odiada: una religión, una etnia, un género, entre otras.

Reconocemos que los partidos son necesarios para acceder al Gobierno. Son el instrumento idóneo de determinados liderazgos y personalidades gravitantes en el espacio público para obtener la legitimidad del voto popular y, así, constituirse en representantes de una mayoría electoral. Recordamos que nuestra patria Ecuador necesita un frente de gente honrada que cohesione, que persuada sobre la unidad y que regenere la república desde la función. Un frente de nuevos nombres con ganas de hacer docencia de decencia, bajo un liderazgo de amos, de servicio de progreso y libertad. Así sea.