P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La vida de Jesús es narrada con amor y espiritualidad por cuatro autores sagrados: Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Cada uno de estos textos evangélicos comparten un nivel alto y, a la vez, profundo, de una fe que ha logrado transformar la historia de la humanidad para trascender en el tiempo.
San Juan escribió en el epílogo de su obra contemplativa: “Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas, y el que escribió estas cosas, y sabemos que su testimonio es verdadero. Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran cada una de ellas, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”. El relato de la Transfiguración de Jesús contiene una cristología que imprime carácter por la fuerza y la verdad que contiene. Jesús ha invitado a Juan, a Pedro y a Santiago, a un lugar apartado de un monte alto. Se encuentran solos. Lejos de la actividad cotidiana. En un espacio de escucha, silencio y soledad. San Juan de la Cruz en su tratado espiritual “La subida al Monte Carmelo” describe la belleza de la obediencia a la llamada a escuchar la voz del amado: “En una noche oscura, con ansias en amores inflamada ¡Oh dichosa ventura! Salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada… Quedé y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado; cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”. Jesús se transfigura en la intimidad, ante quienes dejaron todo para seguirlo. Ante los pescadores de hombres y los hijos del trueno. “Su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Ella emerge desde dentro. Su rostro resplandece como su propia gloria. Jesús es contemplado como Dios. Según san Juan Crisóstomo, en la transfiguración Jesús revela al Dios que se muestra en su carne. La transfiguración es un acontecimiento cargado de amor, de misterio intratrinitario y de éxtasis. Inexplicable. Único en su divinidad. Jesús muestra su misterio de felicidad: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque ellos verán a Dios…”. Según san Lucas, Jesús subió al monte para orar, no para ser transfigurado. La transfiguración es la obra de su oración. Un torbellino de amor con su Padre. ¿Qué sucedía en el encuentro en el cielo y en la tierra, en el fuego del amor entre el Padre y el Hijo? Algo parecido acontece en el bautismo de Jesús. Existen otras relaciones con el ser divino y humano de Jesús desde la Transfiguración. Me ubico en su oración en Getsemaní. Un éxtasis doloroso, determinante en la obediencia a la voluntad del Padre. La voz que se escucha desde el Cielo no es, únicamente, una voz de consuelo, o de compañía. El Padre, como en los días de la creación del mundo, desciende para que el hombre tenga vida. El Espíritu Santo, expresado como la nube que los envuelve, es la presencia de la Trinidad. El final del relato es el broche de oro de esta Teofanía. El Padre pide que escuchemos a su Hijo, más grande que la Ley y los Profetas. Hagamos vida con Él, en su silencio activo.
