La esclavitud de los asnos

Carlos Carrión

Desde mi niñez, tengo vivo el recuerdo de las piaras de asnos llevando caña a las moliendas de mi pueblo Malacatos. Primero a las de bueyes, luego a las de motor. Si decimos solo esto, no hay nada de extraño en ver una piara de cuatro o seis asnos cargados de caña y al piarero detrás en un asno de silla. O incluso solos camino arriba, desde los cañaverales, donde quiera que estén estos situados, hasta la molienda indicada.

Porque los asnos tienen un instinto de orientación tan desarrollado que, a partir del segundo viaje, les permite saber cuál es la molienda adonde tienen que ir, sin equivocarse nunca con las otras; tanto más si la carga que llevan encima no les permite ver sino un pedazo del camino que tienen delante.

Lo terrible y cruel es la cantidad de caña que los piareros obligan a cargar a cada animal. Una carga que los hace ir soltando pujidos durante todo el trayecto. 

Cuando sus fuerzas no pueden más, los asnos caen al suelo, agotados. 

Recuerdo que, cuando subíamos o bajábamos de la escuela, y hallábamos un asno caído en media calle, ayudábamos a descargarlo junto con los vecinos más compadecidos.

Lo hacíamos a toda velocidad, antes de que el piarero asomara; de modo que cuando este llegaba al lugar, no encontraba sino la caña en el suelo y al asno inocente a su lado. 

Sin embargo, los vecinos, metidos en sus casas, siempre escuchaban las injurias más procaces que pudiera pronunciar un ser humano, dedicadas a ellos, en tanto cargaba de nuevo a la acémila.

Cuando no había un solo compadecido o estos veían cerca al piarero cruel, este se apeaba del asno de silla, profiriendo las palabras más soeces contra el asno caído. 

Luego sacaba una caña de la carga y con ella golpeaba en la cabeza al pobre animal, de modo que destrozaba la caña. Como aún le sobraba crueldad, sacaba otra y seguía golpeándolo, a veces hasta matarlo.

Aun hoy recuerdo al piarero más cruel e injurioso de todos. Se llamaba Melchor y había matado a dos asnos de su piara. Pues bien, esta costumbre de sobrecargar a los asnos de caña y, encima maltratarlos, prosigue hasta hoy. Y no solo los maltratan cuando se han caído al suelo en razón del agotamiento de sus fuerzas, sino cuando, por ejemplo, no pueden subir una cuesta y el asno se queda parado en la mitad.

Ya es hora de que alguna autoridad ponga fin a este maltrato, que envilece al ser humano, puesto que el trato que les damos a los animales nos define. Y tanto los que ejecutan la crueldad de la que hablamos como la indiferencia del que la conoce, pecan de crueles e inhumanos.

Ningún alcalde ha hecho nada al respecto, esperemos que el actual sí lo haga. Porque, sin duda, tendrá la sensibilidad de la que los anteriores carecieron.