El baúl de los recuerdos: Vilcabamba en el recuerdo de doña “Nina”

Efraín Borrero E.

En Vilcabamba conocen a la señora Zoila Isolina Toledo Herrera como “Doña Nina”, y en el seno familiar la tratan cariñosamente como “Ninita”. Es una vilcabambense de pura cepa, nacida el dieciséis de junio de 1923, durante la presidencia de José Luis Tamayo que meses antes, el 15 de noviembre de 1922, reprimió brutalmente una manifestación popular en Guayaquil causando decenas de muertos, hecho sangriento que fuera novelado por Joaquín Gallegos Lara en “Las cruces sobre el agua”.  

Tuve la satisfacción de conocerla gracias a su nieto Mauricio, mi cuñado. A pesar de sus cien años y dos meses de vida se muestra como un roble y con sorprendente estado de salud física y mental. La calidez de su ser irradia ternura y bondad, y en cada palabra va arrastrando el recuerdo inolvidable de tiempos pasados, aquellos que para ella y para muchos fueron mejores.

Dice que allí nació, ha vivido siempre y morirá, porque considera que su tierra: Vilcabamba, es el verdadero paraíso. Tiene una vida dichosamente rodeada del cariño y halago de sus seis hijos, dieciséis nietos, veinte y nueve bisnietos y quince tataranietos; es decir, una enorme descendencia que la adora y la tiene como la joya más preciosa.

Me impresionó la claridad y coherencia de su conversación, siempre remitiéndose al pasado. Mirándome fijamente con sus luminosos ojos que no necesitan lentes para leer, y a ratos con una sonrisa que le da encanto a su ser, retrotrae el tiempo para comentarme hechos y circunstancias de su vida y de su pequeña ciudad.  

Su memoria es asombrosa. Recuerda fielmente el paso de los años desde niña cuando jugaba en la pampa del parque central donde había una cruz de ladrillo; los estudios que realizó en la única escuela del lugar y las veces que acudió a la vieja iglesia construida totalmente de madera, posteriormente reedificada.

Pero el día más inolvidable de aquel tiempo fue cuando conoció a Víctor Manuel Burneo Aguirre, al que amó intensamente y con quien contrajo matrimonio formando una familia respetable y apreciada, a la que inculcaron valores y virtudes que han sido norma de sus vidas.

Asegura que Vilcabamba, tiempo atrás, estuvo establecida en el sector de la Victoria, que queda hacia el ingreso al poblado, en una parte baja frente a la propiedad de los Polo, en donde había un trapiche. Como las lluvias eran fuertes y frecuentes el sitio se inundaba. Con el transcurrir de los años el pequeño pueblo se asentó en el lugar que hoy conocemos.

El sitio que refiere Doña «Nina» se llama la Victoria desde cuando a ese primer asentamiento, que existió desde el siglo XVI como encomienda, se le dio la categoría de parroquia eclesiástica. Posteriormente se la denominó Vilcabamba, y en la Ley del 29 de mayo de 1861, en la división territorial del Ecuador, se la elevó a la categoría de parroquia civil del cantón Loja.  

Recuerda que su madre, Clodovea Pacífica Herrera, quien fuera hija de Agustín Herrera, teniente Político en la época de Eloy Alfaro, le conversó que, en algún enfrentamiento entre conservadores y liberales, un grupo de estos últimos se habían refugiado en Vilcabamba y que al despedirlos les había dicho: “La ropa de Eloy Alfaro no se lava con jabón, se lava con agua de ámbar nacida del corazón”.

Algo que tiene muy presente es el momento en que el actor mexicano Cantinflas estuvo en su casa, que es la misma en la que dialogamos. Dice que llamó a su vecina Libia Toledo para que lo conozca y que de pronto Cantinflas la sacó a bailar. Le brindó una comida típica y luego escribió en una pared que apuntaba con el dedo: “esta calle se llama de los Insurgentes”. Le arregló un cuarto para que se hospedara, pero cuando despertó no lo encontró. Cree que seguramente salió a la madrugada.

No supo dónde estuvo alojado Cantinflas durante su estadía en Vilcabamba, tampoco tenía idea por qué escribió Insurgentes en la pared. Por sus lecturas posteriores se enteró que en la ciudad de México existe una gran avenida llamada de los Insurgentes. La frase escrita en la pared se borró con el paso de los años, pero perdura en su memoria como un grato recuerdo.  

Jorge Bailón Abad escribió la hermosa novela “Moreno en Vilcabamba”, publicada en el 2018, en cuya presentación manifiesta que son cuarenta y siete años “que el gran cómico mundial, Mario Moreno “Cantinflas”, estuvo en Vilcabamba recuperándose de su salud, sin que exista evidencia alguna”. Sin embargo, hace referencia a varios reportajes y noticias de prensa en los que se afirma tal suceso.

Concluye la presentación expresando: “Aunque Mario Moreno ‘Cantinflas’ murió en 1993, con cáncer al pulmón, con esta novela que recoge datos y fechas verdaderas, podemos afirmar que sí estuvo en Vilcabamba y que su dolencia, era la de un corazón enamorado”.

Por comentarios hemos conocido que el famoso actor mexicano estuvo corto tiempo en Vilcabamba, otros han puesto en duda esa posibilidad, pero el testimonio de Doña “Nina” nos da la certeza que fue un hecho cierto, como lo es para algunos estudiosos de los sucesos históricos más trascendentes e importantes de Vilcabamba, entre los que se destaca Víctor Carpio Toledo.

Para 1960, que según las cuentas de Jorge Bailón fue el año en que Cantinflas estuvo en Vilcabamba, el prestigio del “Valle de la Longevidad” se había extendido por muchos países, porque el doctor Eugene H. Payne publicó en 1954 su artículo sobre las “Islas de la Inmunidad”, en la prestigiosa revista internacional Reader’s Digest, donde por primera vez se hizo conocer al mundo el nombre de la población lojana de Vilcabamba en el Ecuador.

En un interesante trabajo sobre el tema, Mary R. Selem sostiene que el médico norteamericano, Albert Krammer, vino a Vilcabamba para recuperarse de una enfermedad cardíaca, y que para su sorpresa y la de sus colegas logró una extraordinaria mejoría. Sus impresiones sobre las bondades del “Valle Sagrado” constan en un artículo que escribió para la Revista Prevetion bajo el título “Aquella cierta cosa”

Resalta que algunos científicos de diversas nacionalidades han realizado investigaciones para determinar cuál es el secreto mágico del “Valle de la Longevidad”, y que son cientos los visitantes de ese edén de nuestro cantón en busca de lo que en cardiología se llama “compensación”.

Doña “Nina” también recuerda que por esos lares llegó un señor Tosi en silla de ruedas, y que luego de un tiempo lo vieron caminando por el pueblo. Menciona con afecto el nombre del destacado cardiólogo y gerontólogo lojano, Guillermo del Pozo Veintimilla, quien trabajó con suma abnegación más de catorce años en el hospital de Vilcabamba, desarrollando una ejemplar labor social.

De lo que se ha comentado son varios los factores que contribuyen para que ese valle sea “El único lugar para dar más años a la vida y más vida a los años”, como resalta Adolfo Coronel Illescas, citando al autor de esa célebre frase que ha recorrido el mundo de la ciencia. Entre esos factores se cuentan la estabilidad térmica producida por el clima, las propiedades del agua y la calidad de vida de sus habitantes.

Pero, además, Doña “Nina” menciona que en cada casa no faltaba las huertas con sembríos de plantas medicinales con las que la gente se curaba. Ella mismo sanó de un fuerte golpe en el brazo con esas hierbas.

Dice que los fármacos vinieron después incluyendo los inyectables, para cuyo efecto se utilizaba una jeringuilla de cristal con aguja hipodérmica que la afilaban en piedra, a fin de que sirva para varios usos, luego de hervirla bien en agua.

Arraigada a su tierra querida, Zoila Isolina Toledo Herrera, “Doña Nina”, una maravillosa mujer que a lo largo de su existencia ha hecho derroche de virtudes, siente que su fortaleza le permitirá vivir muchos años más, porque está convencida que Vilcabamba es la “Fuente de la eterna juventud”; pero, sobre todo, porque cada instante de su existencia se vitaliza con el abrumador cariño de sus queridos descendientes.