Buenas preguntas

P. Milko René Torres Ordóñez

Vivimos en un mundo lleno de interrogantes. Hay preguntas inteligentes que reciben respuestas coherentes. El misterio del hombre está sembrado de dudas. Podría compararlo con un tablero de ajedrez en el que el genio del juego mueve las piezas con suma audacia y sensatez para demostrar capacidad y enarbolar su bandera de victoria. En nuestra vida espiritual los cuestionamientos son medios para alcanzar el objetivo más alto.

Me permito citar a tres sabios y santos: Agustín, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús. Ellos nos enseñaron el arte del discernimiento para disfrutar del don de beneficiarnos en el crecimiento de nuestra vida de fe. De modo secuencial, la Sagrada Escritura tiene, en su riqueza, preguntas y respuestas. El profeta Isaías transmite la voluntad de Dios, signo de amor y cuidado para su pueblo, con compromisos que requieren una evaluación permanente: “Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá”. Dios quiere un trono de gloria. Somos, dice el autor del salmo 137, obra suya. Él es nuestra roca. Cada vez que nos enrolamos en el cristocentrismo de san Pablo vamos a ponderar la inmensa y rica sabiduría de la ciencia de Dios: “¿Quién ha conocido jamás el pensamiento del Señor o ha llegado a ser su consejero?”. En el camino a Damasco el Apóstol de las Naciones aclaró sus dudas: “¿Quién eres?” “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Su proverbial sabiduría humana, combinada con escarnio y soberbia, fue derribada. A partir de ese momento, Jesús llenará su vida. Será su Todo: “A Él la gloria por los siglos”. ¿Pablo necesitaba una confirmación para abandonar toda su riqueza y vanagloria para ser uno entre tantos, y todo para todos? Nos encontramos con otra columna de la Iglesia: Pedro, el pescador. San Mateo cuenta que Jesús recurre a su impronta pedagógica para sacudir los afectos desordenados de sus discípulos. No es suficiente formar parte de un grupo de privilegiados, sino que es altamente significativo el hecho de merecer ocupar ese lugar. A Pedro le costó mucho. Sin exagerar hay que decir que derramó lágrimas, sangre y sudor. “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Respuestas titubeantes. Jesús lanza una pregunta más fuerte, letal y potente como aquella espada que hirió su costado, de la que nació su Iglesia: “Y ustedes. ¿Quién dicen que soy yo?”. ¿Era necesaria esta pregunta? Pedro responde con suficiencia: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús es emotivo y muy sincero. En esta manera de responder encontramos la esencia de quién sabemos que nos ama. Ignacio de Loyola, en su meditación con la composición de lugar, nos invitaría a quedarnos transfigurados con la potencia de su voz, ternura y convicción: “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie ni carne, ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Como un corolario solemne y perdurable, tan actual y eclesial, el humilde pescador recibe la gran misión: “Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”. Gracias Señor Jesús.