Fernando Oniate
¿Has sido víctima del efecto Diderot?
Si, por ejemplo, al comprar un sofá nuevo, de repente sientes que las sillas, la mesa de centro y la alfombra, que siempre te parecieron bien, ahora no armonizan con el nuevo sofá, y consecuentemente, tomas la decisión de cambiarlo todo, indudablemente has sido su víctima. El caso sería más grave si te ha sucedido también con el celular nuevo y todos los posibles accesorios, o el auto nuevo y todo lo que le “hace falta”.
El Efecto Diderot se presenta cuando adquirir una nueva posesión genera una espiral de consumo que nos lleva a adquirir más cosas nuevas. Como resultado, terminamos comprando objetos que antes de la compra nunca fueron necesarios para sentirnos felices o realizados. En palabras simples la introducción de una nueva posesión a menudo resultará en un proceso de consumo en espiral. Este efecto debe su nombre a Denis Diderot, filósofo francés del siglo XVIII, que escribió sobre su propia espiral de consumismo en un célebre ensayo.
El efecto Diderot es utilizado en estrategias de ventas de productos aprovechando la natural predisposición humana al consumismo, ya lo decía el rey Salomón “Hay tres cosas que nunca están satisfechas: la tumba, la muerte, y la ambición humana” (Proverbios 27:20, TLA) y es que cada vez se desea más y no falta quien sacrifica la estabilidad económica y la paz que esta conlleva, buscando tener más. Es necesario preguntarnos si actuar de esta manera vale la pena. El autor de Eclesiastés escribía “pero al observar todo lo que había logrado con tanto esfuerzo, vi que nada tenía sentido; era como perseguir el viento. No había absolutamente nada que valiera la pena en ninguna parte” (Eclesiastés 2:11, NTV), por ello Jesucristo decía con toda autoridad “manténganse atentos y cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12: 15, RVC). Al final, “todos llegamos al final de nuestra vida tal como estábamos el día que nacimos: desnudos y con las manos vacías. No podemos llevarnos las riquezas al morir.” (Eclesiastés 5: 15, NTV).
Mientras más se tiene más se quiere, dice el refrán, siempre tendremos sed de más. Solo podremos saciar esa sed mediante una genuina y verdadera relación con Jesucristo, “todo lo demás no vale nada cuando se le compara con el infinito valor de conocer a Cristo Jesús” (Filipenses 3: 8, NTV), escribía el apóstol Pablo. El Señor nos dice: “el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna” (Juan 4: 14, NVI). ¿Desea ser saciado?, búsquelo.
