Ciclos de vida humana, gravitantes e impredecibles (conclusión)

Augusto Costa Zabaleta

Y el tiempo sigue frenéticamente volando, veloz sin darnos tregua, de prisa, y ya crucialmente e inadvertidamente, nos hemos convertido en seres adultos, de decisiones propias, prestos a dilucidar nuestro destino final, somos entonces ejecutivos de nuestras propios actos, de nuestra vida, con deseos sublimes de formar un hogar, de plasmar con éxito la razón y la esencia humana, la procreación, como esencia genética de ser humano (Homo Sapiens), para que nuestra autentica y predilecta misión de progenitores, cumpla con las leyes sabias y eternas de heredad, procreación y perpetuidad de la raza humana.

¡Ahora si, inexorable e indeleblemente, después de haber cumplido con entelequia y estoicismo nuestro destino, cumplir un ciclo de vida, con un bagaje de conocimientos y experiencias; cuando ya nuestra familia es numerosa, nuestras fuerzas van desfalleciendo, la esperanza se va opacando, nos volvemos dubitativos y de lento caminar; es que somos ya ancianos, somos los caminantes transeúntes de la travesía, del tiempo, los recuerdos y añoranzas, entonces patriarcas de nuestra descendencia, somos en definitiva los seres huéspedes que cruzan la meta final por la senda inefable de la eternidad, para cumplir con dignidad y responsabilidad los designios del creador.

Esa es la trayectoria, el principio y final veraz, real, inexorable y elocuente del ser humano en la tierra; con recuerdos y vivencias felices, entrañables y con angustias y dolor, con positivas faces de servicio y comprensión, de solidaridad, caridad y humanismo; lo penable y colapsante sería no haber cumplido y satisfecho con la razón esencial de haber sido útiles para nuestros semejantes, como objetivo primordial de nuestra existencia, de no haber plasmado con las normas e ideales supremos de la existencia, con nosotros mismo y con el prójimo, y de no haber sido consecuentes con las dimensiones cruciales de la lógica, la razón y la verdad; porque nuestra única rubrica en la vida y en el epitafio, es lo que fuimos y lo que practicamos, y el único autógrafo digno de un hombre, es el que deja escrito con sus obras.