Opiniones: momentos de reflexión

P. Milko René Torres Ordóñez

“Soy un payaso y colecciono momentos, dice Schnier/Böll con ternura e incluso humor, aunque el dramatismo estalla cuando esos momentos son los campos de exterminio o los vínculos para blanquear la foja de antecedentes” (H. Böll, Opiniones de un payaso).

Es un Premio Nobel, clásico de hoy y siempre. Estoy convencido que, aunque lo intentemos, es difícil quitarnos el traje del personaje que siempre ríe y llora por sí mismo. La vida es una suma de momentos que forman estantes enormes de experiencias. Una biblioteca en la que reposan muchos libros cerrados, algunos leídos, otros, sin leer, abiertos en cualquier página, subrayados en otras. Nuestra vida. Nuestro ir y venir, subir y bajar desde muchas tarimas. Es paradójico buscar una careta para hacer reír al auditorio, aunque, en la más sórdida intimidad, el silencio opaque al llanto.

No debe llenarnos de vergüenza el maquillaje. Somos, a veces, el maniquí de moda. Heinrich Böll es un católico ferviente. Muy crítico con la Iglesia. El amor no implica la negación de un pensamiento antagónico. Fortalece la relación. Los escenarios en los que se presenta nuestra historia ofrecen el mejor show, un reality de acontecimientos. Las redes sociales nutren al público con un coctel embadurnado con el almíbar del escándalo, vestido con el menaje de la corrupción. Durante mucho tiempo resonarán las frases histriónicas de un dudoso amor a la Patria, o la sentida crónica de una muerte anunciada. Confesión de un amor verdadero…desde siempre, y para siempre. No salgo de mi estupor porque me siento bombardeado de mentiras colocadas en los labios de fabricantes de títeres, pregoneros de peregrinos revestidos de mesías. Embarcados en la nave politiquera que pretende torcer la ruta, en el viaje democrático de muchos ecuatorianos. Una pregunta que no encuentra una respuesta sensata: ¿A dónde vamos? ¿Quién conduce el tren de nuestra inmadurez filosófica? La verdad es que sí vivimos en el llanto de un payaso. Los dueños del circo nos pagarán con la dádiva de una moneda extranjera, dispuesta a llevarnos a aterrizar en un paraíso fiscal. En definitiva, nunca dejaremos de ser payasos. Dice Böll: “Soy un payaso de profesión designada oficialmente como Cómico, no afiliado a ninguna Iglesia…y uno de mis números se titula: la partida y la llegada, una larga pantomima”. Un drama. Una historia repetida. El Papa Francisco nos anima: “Lo que se ocupa de romper las risas forzadas de «una cultura no alegre que inventa de todo para entretenerse», ofreciendo por todas partes trocitos de dolce vita, es la alegría del cristiano, que no se compra en el mercado sino que es un don del Espíritu, custodiado por la fe y en tensión entre memoria de la salvación y esperanza”. Ocupemos el mejor escenario. Es el ser del hombre que llora y ríe. Heinrich, tu vocación de payaso es tragicomedia e identidad. La nuestra.