El cultivo de la palabra desde su máxima expresión cognitivo-afectiva

Galo Guerrero-Jiménez


Desde el enfoque afectivo, interactivo y contextual, la palabra en cualesquiera de sus ámbitos tiene que convertirse en el arte de una adecuada narración o de una fina concepción poética, del buen decir, aceptando al otro como un contertulio, los cuales a partir de su cognición inteligentemente asumida, desde la afectividad más sentida y desde el contexto en el cual se desenvuelven, puedan intervenir dialogal, axiológica, filosófica y metalingüísticamente, no para la expresión de una verborrea sin sentido, sino desde el compromiso de la realidad que la mente humana llega a comprender y a procesar el conocimiento que cognitivamente se fragua a diario en esa interacción de lenguaje humano que va y viene, pero que no puede reducirse a unas relaciones simplonas entre estímulo y respuesta, sino a la concepción de nuestra propia biografía biogeográfica y espiritualmente asumida desde una responsabilidad antropo-ética que busca su camino para entregarse por completo a la devoción de un lenguaje que comunicativamente los contertulios lo asumen desde la competencia y la compartencia afectiva y cognitivamente puesta en marcha a través de “una serie de microdestrezas: saber aportar información y opiniones, mostrar acuerdo o desacuerdo, resolver fallos conversacionales, saber en qué circunstancias es pertinente hablar y en cuáles no, entre otras. [puesto que], el modo más habitual y espontáneo de la expresión oral es la conversación, ya sea en forma de entrevista, debate, encuesta, conferencia o discurso” (Robles, 2013), y sabiendo que, como señala Sara Robles, “la comprensión de un mensaje se da siempre en estos tres planos de forma simultánea y mediante una interconexión entre los tres: literal, transaccional e interaccional”.

De ser así, el lenguaje se convierte en la viva expresión de lo humano, puesto que “desarrolla capacidades de percepción y juicio que son medulares a la democracia; y, de manera destacada, la ‘capacidad de ver la eternidad en los hombres y mujeres, entendiendo las aspiraciones y complejidades de su mundo interior’” (Marina y Pombo, 2013) para poder crecer en sabiduría verdadera desde ese exquisito patrimonio espiritual en el que el ser humano se inspira por una voluntad lingüístico-ecológico-espiritual de convivencia solidaria, al estilo de lo que señala López Quintás cuando afirma que hay que abrir nuestro “espíritu a los grandes valores, sobre todo los que fomentan la solidaridad, la camaradería, la unión personal profunda. Para unirnos de verdad y ser solidarios hemos de liberarnos de la actitud egoísta, que nos aísla a nosotros mismos. Esa liberación se consigue, sobre todo, cuando orientamos la vida hacia ‘una meta que nos vincula a unos con otros’” (2014).

De lo contrario, cuando no es posible el cultivo de la palabra en su máximo esplendor de cobijamiento humano, se seguirá fomentando “la crisis más peligrosa que estamos viviendo, que no es la económica sino la educativa, y uno de cuyos síntomas es el olvido de las humanidades” (Marina y Pombo, 2013) y, en especial, la del idioma que es el primer vector de comunicación para verter el tesoro de nuestra riqueza interior desde la palabra. Pues, si no nos educamos desde nuestra cognición metalingüística, la palabra puede perder su auténtico significado humano. Así lo señala George Steiner cuando asevera que “un idioma tiene en su interior el germen de la disolución de muy diversas maneras. Los actos mentales que fueran otrora espontáneos se vuelven usos mecánicos y fríos (…). Las palabras se tornan más y más ambiguas. En vez de estilo hay retórica. En vez de uso común y preciso, jerga. (…) El lenguaje deja de configurar el pensamiento para proceder a embrutecerlo. En vez de forjar las expresiones con eficacia y la mayor energía posible, estas quedan disueltas y dispersa la carga emocional. (…) En pocas palabras, el idioma deja de estar vivo: se limita a ser hablado” (2013) pobremente en desmedro de la habilidad y generosidad para saber escuchar, leer y escribir.