Aprender la lección

Santiago Armijos Valdivieso


Nuevamente se levanta el telón electoral y con ello las inscripciones e impugnaciones de candidaturas se apoderan de los titulares de la prensa y los cálculos políticos mueven los destinos de la Nación. Caras nuevas se mezclan con politiqueros de siempre y amorfas alianzas electorales saltan al ruedo para captar desesperadamente el voto popular. Los infaltables “chimbadores” no han perdonado la oportunidad de ser parte del evento y beneficiarse de los fondos públicos que recibirán gratuitamente para engordar su ego y pescar alguna cuota política del nuevo gobierno.

Por su parte, los electores seguimos respirando (unos ni eso, debido al covid-19) en un país tremendamente afectado por la corrupción, crispado por las injusticias, amenazado por la despiadada pandemia del coronavirus, abrumado por una economía en terapia intensiva y decepcionados por los repetidos abusos de una clase política que parecería no tiene intención de componerse, salvo pocas excepciones.

En ese contexto, y con el ánimo de encontrar mejores amaneceres en lo personal y en lo colectivo, debemos aprender del pasado para no repetir culpas que tantas lágrimas, desesperación e impotencia nos han causado.
Para ello, es necesario que los votantes asumamos con compromiso la tarea de escoger adecuada y democráticamente al primer mandatario de la República, dejando a un lado: sectarismos, resentimientos, mezquindades; y privilegiando candidaturas que presenten propuestas concretas y equilibradas para solucionar la larga lista de problemas que nos aquejan.

Cumplir con tal empeño no es tarea fácil, pero para evitar las duras experiencias del pasado considero que los candidatos presidenciales deberían garantizar como mínimo lo siguiente: 1. La reconciliación de todos los ecuatorianos o al menos de la gran mayoría; 2. La tolerancia a las opiniones diferentes y el respeto irrestricto a la libertad de expresión; 3. El diálogo con todos los sectores sociales del Ecuador en busca del progreso y la equidad; 4. El respeto a las leyes, bajo el presupuesto de que el poder gubernamental de turno está sometido a un Estado de Derecho; 5. El funcionamiento de la Nación en base a su institucionalidad democrática, más no a los caprichos de un caudillo que adopta el papel de mesías infalible e irremplazable ; 6. Que sin descuidar y desatender el rol del Estado para la justa y adecuada atención de la deuda social, se estimule y se promueva la actividad de la empresa privada que genera puestos de trabajo, paga tributos de acuerdo a ley, cuida el medio ambiente y respeta los derechos de sus trabajadores; 7. Una cordial relación con todos los países en democracia, y especialmente con los vecinos y los principales socios comerciales del Ecuador; 8. La integración de los mejores profesionales de la república a las esferas gubernamentales, desechando cualquier tipo de prejuicio o resentimiento; 9. Trabajar por los sagrados intereses nacionales y no para los aplausos y los cálculos electoreros; 10. Dar ejemplo de transparencia y sin perseguimientos políticos luchar implacablemente contra la deshonestidad y el robo del heraldo público; 11. Priorizar la educación de los ecuatorianos en todos sus niveles por ser la puerta más ancha y adecuada para salir del subdesarrollo; 12. Contar con un plan económico serio que establezca prioridades, racionalice los recursos y nos conduzca a la reactivación.

Todo proceso electoral será una nueva oportunidad para buscar mejores rumbos para el Ecuador y en cada uno de nosotros está el poder hacerlo, mediante un voto reflexivo y responsable. No hacerlo, o atenderlo a medias, significaría no haber aprendido las amargas lecciones del pretérito y nos condenaría a seguir sumidos en el túnel del desorden, la confrontación, y el atraso.

¡Que nunca muera la esperanza de lograrlo!