Evocar la epopeya de octubre para avivar la antorcha del cambio

Rafael Riofrío Tacuri

Se inició el año con los preparativos del “Bicentenario de la Independencia de Guayaquil”, en esta ocasión por la pandemia que aún nos azota, las celebraciones tienen tonalidades diferentes y con características de extremo cuidado sanitario, exceptuando los brindis con cerveza guayaca por parte de la señora alcaldesa. Si se contará con el aporte valioso de aquellos hermanos que el exalcalde mandó regresar al páramo.

La historia es “recordar y volver a vivir”, es reivindicar a cada uno de los protagonistas de las gestas extraordinarias que abren los caminos para determinar el presente. Sin embargo, las oligarquías que desde siempre están sirviéndose de los privilegios que ofrece el poder, quieren seguir haciéndonos creer que lo ocurrido hace doscientos años fue un proceso exitoso de independencia, y que algún día “vamos a dejar atrás el subdesarrollo”. Lo cierto es que sin justicia social, la independencia es una fantasía que no acorta la brecha de la pobreza entre ricos y pobres.

Este 9 de Octubre es momento para reinterpretar la memoria histórica y el sentimiento de nuestros pueblos. Para ello es obligatorio, que la niñez, la juventud y los ciudadanos conozcan que el arribo de los españoles a nuestras tierras, fue un tropezón que no hizo ningún descubrimiento, por el contrario fue un proceso de conquista y genocidio que costó la vida a millones de aborígenes. Entonces nuestra historia, la independencia de Guayaquil se inicia el mismo 1537 año de fundación, consecuentemente tres siglos antes del octubre de 1820, se vivió un oprobioso coloniaje español, coloniaje que hoy supera los 500 años de dominación criolla y extranjera, que saquea los recursos naturales y económicos por medio de la entrega a las transnacionales y la alcahuetería a los corruptos. Nada entonces, tenemos que celebrar.

En la sangre de obreros, campesinos, estudiantes y pueblo de pie corren genes de rebeldía y conciencia social que crecen con solidez ante las acciones de sometimiento de los gobiernos de turno a las recetas de la banca internacional. Por eso, el verdadero espíritu Bicentenario de la Independencia de Guayaquil está representado en la resistencia de los hermanos indígenas, mulatos y mestizos frente a los invasores españoles y a los propios explotadores criollos. Resistencia también, a los embates del neoliberalismo, que nos somete a duras condiciones de marginalidad, pobreza e ignorancia.

Cada cual con su fe, reza un refrán. No por ello, puedo dejar de destacar a los patriotas José Joaquín Olmedo, José Villamil, Gregorio Escobedo, José de Antepara, Luis Urdaneta, Letamendi, Febres Cordero, Lavayen, Elizalde, Roca y Ximena que junto al pueblo guayaquileño, empapados de heroísmo participaron de la revolución política del 9 de octubre de 1820.

Si no tenemos libertad; si la democracia es de los grupos de poder, y no es participativa de todos los sectores; si campea la corrupción; queda entonces, evocar la epopeya del octubre heroico y de resistencia para avivar la llama de la antorcha emancipadora hacia el anhelado buen vivir.