Cuando la lectura conecta la mente y la emoción

Galo Guerrero-Jiménez

Todos los procesos cognitivos que la mente humana tiene: memoria, lenguaje e imaginación son expresiones que unitariamente intervienen para que la palabra en sus múltiples variantes discursivas procese la información, la almacene y la recupere según sea la experiencia subjetiva que cada individuo, según sus circunstancias de vida, va labrando paulatinamente con el ánimo de entender y actuar adecuadamente en el mundo en que vive.

Desde esta circunstancia mental y contextual, el ser humano va modelando su accionar antropológico, su excelencia de ente activo y proactivo, procesando consciente o inconscientemente toda la información que recibe del mundo exterior y de su propio mundo interior, hasta que logre un control de sus pensamientos y, por ende, de su actuar con la agudeza que puede llegar a desarrollar para comunicarse con un lenguaje que le es muy propio para correlacionarse consigo y con los demás.

En este orden, “lo que valoramos y las creencias que tenemos sobre la vida influyen en la manera en que pensamos y actuamos” (Bavister y Vickers, 2014). Así, pueden surgir los grandes propósitos e ideales de vida que axiológicamente podemos asumir para ofrecer lo mejor de sí a la sociedad, en vista de que nuestra experiencia del mundo está marcada por “todas esas relaciones de comunicación que implican la incorporación del sujeto en estado de infancia a su medio natural y sociocultural [que son las que] marcan y pautan sus modos de construir la realidad, modelizada fundamentalmente por el idioma” (Bialet, 2018) que desde la palabra verbalizada o escrita  llega a generar para que desde un adecuado razonar y desde la emoción más sentida que nuestro mapa mental engendra, el lenguaje llegue a configurar una política de la palabra en la que su significado humano sea el mejor testimonio de nuestra condición personal, ante todo porque “los idiomas son organismos vivos. Infinitamente complejos (…). Contienen cierta fuerza vital, cierto poder de absorción y desarrollo” (Steiner, 2013) para que hagan posible que, en el caso del lenguaje escrito, el lector sea capaz de llegar a sentir lo que afirma Harold Bloom (2002): “Para leer sentimientos humanos en lenguaje humano, uno ha de ser capaz de leer humanamente, con todo su ser”.

De esta manera, cuando la mente conecta la mente y la emoción, se puede llegar a generar un mundo de riqueza estética y axiológica muy sentidos idiomáticamente, como el testimonio del escritor colombiano-japonés Yokoi Kenji Díaz, que expresa una de las más lúcidas experiencias personales en torno al mundo emotivo de la lectura: “Cuando un libro conecta mi mente y alma siento que estoy leyendo de verdad. Lograr conectar así con la lectura es una tarea personal. Un proceso parecido a enamorarse. Hay amores que hacen historia y otros que no pasan del primer capítulo. Después de tantos intentos forzados, terminamos reconociendo que hay libros y amores que no van a funcionar. Por otro lado, hay amores y experiencias de lectura que me sacan a otros mundos. No es el título ni la recomendación, es la ocasión, el tiempo, el clima, el momento y las heridas. Son vivencias y su amalgama de factores las que me hacen navegar en las sensuales curvas del texto y finalmente me convierten en su contexto. Es la magia de la escritura. Si hacer el amor es un acto voluntario, forzar la lectura es un acto triste. El trauma atrasa el despertar de amor por las letras. Pero incluso eso es superado por la magia de la buena escritura” (2019).