La habilitación docente desde el ámbito lingüístico

Galo Guerrero-Jiménez

En todas las áreas del conocimiento es imprescindible el tema de la lectura y la escritura como los medios más idóneos para tener acceso a los fundamentos teórico-semánticos y pragmáticos de estas disciplinas científicas y/o humanísticas. Por eso, es necesario el dominio de los ámbitos meta y supralingüísticos, e incluso, un adecuado raciocinio de las inteligencias emocional, espiritual e intrapersonal. Y, si es posible, qué mejor, el hecho de poder adentrarse en los campos de la antropología simbólica y mística, de manera que el proceso de la lectura y la escritura desde los ámbitos contextuales de cada implicado en el conocimiento de una disciplina determinada esté valorado axiológica y hermenéuticamente, de forma que el proceso del conocimiento desde esta óptica alcance una auténtica sabiduría que tanta falta le hace hoy a la humanidad para que adquiera una real contextura ética y de disfrute en todo cuanto implica conocer el mundo en todas sus dimensiones de grandeza humana.

Con sobrada razón, al respecto, el lingüista Carlos Lomas (2003) sostiene que “enseñar a leer y a escribir es hoy, como ayer, uno de los objetivos esenciales de la educación obligatoria [incluso universitaria], quizá porque saber leer y saber escribir ha constituido en el pasado y constituye también en la actualidad el vehículo por excelencia a través del cual las personas acceden al conocimiento cultural en nuestras sociedades. [En efecto,] la lectura, la comprensión de textos y la escritura constituyen algunas de las actividades más habituales en todas y en cada una de las áreas de conocimiento”.

Desde esta óptica, y para que la educación formal escolarizada y universitaria tengan su mejor expresión de realización plena en el análisis y aplicación teórica del conocimiento en todas sus disciplinas, necesitamos profesores que, a más del dominio en el conocimiento de su área profesional, sepan usar el lenguaje desde los diferentes actos lingüísticos: gramaticales, semánticos, pragmáticos y psico-socio-lingüísticos. Pues, tal como insiste Carlos Lomas (2003), “le guste o no, todo el profesorado es profesorado de lengua en la medida en que usa la lengua como vehículo de transmisión de los contenidos educativos de las diferentes áreas y materias escolares, constituye un modelo de lengua a los ojos y a los oídos de los alumnos y de las alumnas (en la medida en que usa en clase uno u otro estilo…) y evalúa el uso lingüístico (oral y escrito) del alumnado cuando este utiliza la lengua (al hablar o al escribir), con el fin de responder a las preguntas con las que se evalúa su dominio (o no) de los contenidos de la materia”.

Por supuesto que, este modelo de lengua que cada docente llegue a asumir responsable y coherentemente no será tal si no hay esa disposición personal abierta, disciplinaria y asumida libremente para que la razón, la emoción y el condumio espiritual de su condición humana estén dispuestos para asumir la lengua escrita como uno de los placeres cognitivos y estéticos que le causen la mejor disposición anímica para, desde el método lector que él mismo irá creando fenomenológica, literal, inferencial y hermenéuticamente sea, para él, el más adecuado, puesto que, paulatinamente, se irá moldeando a fondo, fraguando quizá, una ética de la lectura personal, de manera que, como sostiene Harold Blom (2002), “hasta que haya purgado su ignorancia primordial, la mente no deberá salir de casa (…). [El docente como] intelectual es una vela que ilumina la voluntad y los anhelos de los hombres”. Y esta realidad solo se logra desde la mejor expresión de su lenguaje que la escritura debidamente asumida en la lectura, le convertirá en el mejor inventor para trabajar el mundo del conocimiento desde una ética y estéticas cognitivas adecuadas de la lengua que esté en consonancia con lo que comunicativa y cognitivamente pueda brindar al colectivo de sus alumnos.