La reflexión sobre el uso del lenguaje

Galo Guerrero-Jiménez

Si una de las circunstancias más relevantes de la vida es la de aprender a comunicarse para que la armonía, el entendimiento, el respecto y el conocimiento de la vida y de la naturaleza en general sean el testimonio de la más alta consideración humana a la que toda persona tiene derecho para asumir su responsabilidad de ente humano desde las más altas esferas de su racionalidad y espiritualidad, es necesario, entonces, trabajar diariamente para que sea factible vivir en lo bueno y en lo bello haciendo las cosas de la mejor manera que se pueda, conservando la alegría, y en orden al cultivo de una antropología axiológica, estética y armónicamente espiritualizada.

Pues, solo así será factible un adecuado direccionamiento de las relaciones interpersonales para que la vida en sus múltiples dimensiones sea agradable, vivible y, ante todo, trascendente, dado que, es la riqueza de nuestra interioridad más profunda la que debe aflorar desde la palabra apetecida emocionalmente para asumir el reconocimiento del otro y no malograr la dignidad de nadie, sino más bien, para que el lenguaje que cada individuo asume para comunicarse y para entrar en acción corpóreo-cognitivo-pragmática, sea canalizado a partir de lo que sostiene Giuseppe Colombero:

“Centrar la comunicación en el tú es un modo de decir a quien habla que se lo reconoce protagonista del encuentro. Este modo de conducir el diálogo es el gesto refinado de quien renuncia a repartir en partes iguales el tiempo comunicativo, y con generosidad y habilidad pone su cuota a disposición del [prójimo]. Es el gesto de quien sabe cómo callarse a sí mismo para que el tú tenga más posibilidad de hablar y de hablar en sí” (1994).

Sin embargo, esta capacidad humano-dialógico-comunicativa desde la palabra no siempre es fácil encaminarla para que cumpla sus objetivos de trascendencia si nuestra dinamia lingüística y emotivo-espiritual no está preparada para que así sea. Por eso, educar la mente para que nuestra cognición pueda llegar a comprender la naturaleza humana en sus dimensiones psico-somáticas, es canalizar todos los esfuerzos personales para que la práctica de la comunicación se vea fortalecida desde el esfuerzo personal libremente asumido con disciplina y constancia para el estudio de lo que es la naturaleza de lo humano y del medio físico circundante desde la palabra oral, escrita y gestualizada desde la orientación de un mediador debidamente preparado humana, científica y pragmáticamente dispuesto para que facilite “el acceso al saber cultural que se transmite en el seno [de la familia y] de las instituciones escolares. De ahí que la enseñanza de la lectura y de la escritura y la reflexión sobre el uso del lenguaje en las aulas, no sean tareas exclusivas del profesorado de las áreas lingüísticas sino una labor que implica a todas y a cada una de las personas que enseñan en el contexto de las diferentes áreas y materias escolares” (Lomas, 2003).

En efecto, la aprehensión lingüística desde la palabra debidamente verbalizada, escuchada, leída y escrita se convierte en una reflexión sobre el uso del lenguaje en todas las disciplinas del conocimiento; en este sentido, es coherente señalar que, como postula Juan José Millás (2000), “no se escribe para ser escritor ni se lee para ser lector.

Se escribe y se lee para comprender el mundo. Nadie, pues, debería salir a la vida sin haber adquirido esas habilidades básicas” tan necesarias en el discurrir de la vida activa y eficazmente compartidas.