La intensidad visionaria de un buen lector

Cuando un texto leído nos encuentra inmersos en el cosmos de su naturaleza más sentida, es porque desde el silencio y la concentración más profundos acude a nuestro intelecto una intensidad visionaria tan profunda que es posible la exuberancia creativa para adentrarnos en territorios imaginarios en que lo increíble se vuelve creíble, lo fantástico se vuelve lógico y lo científico se hace real y oportuno para el disfrute de una política y axiología del lenguaje en que la palabra filosofa airosa, abundante, analítica y prolíficamente reflexiva para la adquisición de un significado humano tan propio y exquisito en cada porción de realidad textual que el lector ha sabido crear desde su más genuina condición hermenéutica.

Cuando esta conducta lectora florece desde su más plena autonomía con esa intensidad visionaria tan profunda, es porque se ha generado una espacio espiritual único en cada lector, listo para despejar los embotamientos que obnubilan la voluntad y la agudeza mental de aquel lector poco acucioso que no ha logrado adentrarse en esa porción de realidad textual para pensar desde su única condición de ente leyente, pensante y actuante, como sí lo hace aquel que ha logrado adquirir esa intensidad profundamente visionaria.

Pues, el lector visionario enriquece su propio discurso a partir de los nuevos discursos que encuentra en el texto leído. De ahí la necesidad de que el docente y el padre de familia se conviertan en mediadores, en conductores y guías de sus alumnos e hijos respectivamente, para que puedan generar discursos específicos de acercamiento al texto literario y científico, dos géneros que son los más comunes en el campo de la educación escolarizada. Por ejemplo, “mediante el diálogo con los niños, los cuentos clásicos pueden llevar a reflexionar acerca de estas y otras interpretaciones del texto. No es desdibujando ni cambiando finales como la literatura contribuye a generar ingeniosas ideas, sino accionando sobre ellas, meditando y debatiendo, opinando y recreando novedosos y contextualizados conceptos, sin miedo a incursionar en temas tabúes -porque de lo contrario, sobre eso, solo sientan opinión la televisión e internet-, acercando otros textos (un buen cuento siempre lleva a otro), acompañando a los chicos en su proceso de construcción como verdaderos lectores-pensadores que enriquecen y se enriquecen, y no como meros reproductores de ideas ajenas” (Bialet, 2018), que penosamente se siguen fraguando con toda desfachatez en el campo de la educación básica y secundaria, logrando con ello alumnos apáticos, aburridos y poco pensantes.

Como sabemos, esta dificultad para que el lector logre una auténtica intensidad visionaria a la hora de leer, se debe, de entre tantas causas nocivas, al argumento que plantea Rosa Ana Martín Vegas: “Una dificultad importante en el desarrollo del hábito lector [para logar esta intensidad visionaria] es la falta de concentración de muchos niños y adolescentes que, acostumbrados a vivir en una sociedad siempre ruidosa que no deja espacio para el pensamiento individual, no logran centrarse en una tarea como la lectura, que requiere tranquilidad y aislamiento. La práctica de leer exige silencio y concentración” (2009); por lo tanto, mientras no se logre al menos estos dos motivos, es muy difícil que se desarrolle esta intensidad visionaria.

Y a esta circunstancia educativa se suma lo que con entereza señala Rafael Flórez Ochoa (2000): “(…) rara vez el maestro plantea o construye un nuevo concepto a partir de conceptos viejos, y mucho menos genera ideas nuevas para su escuela y el gremio. Ni siquiera se le ocurre que tales ideas nuevas puedan existir, y por eso su mentalidad pedagógica es tan tradicionalista. El maestro ha sido formado como un depósito de datos, como un almacén de información para transmitir desde su memoria, pero sin capacidad de procesamiento ni facilidad de autoprocesamiento ni autocreación”.