La condición humana a priori

¿Por qué desgastarse tanto en el intento de proteger el ego? ¿Por qué atesorar las ideas, las falacias, los imposibles? Si al final del sufrimiento siempre hay una puerta. Si por más hermoso que sea el castillo de arena siempre se desbarata.
En estos días que acabamos de vivir la Navidad y viene el bullado fin de año y como premio el año nuevo, no dejo de esperanzarme. Soy una soñadora —muy a mi pesar—, esto es, que aún, con el peso de tanto desbarajuste en lo cotidiano, encuentro mi estatura en el continuum implacable y colosal del humanismo, que aunque contradigan lo que es “felicidad” como realidad, puedo crear resonancias que posibilitan otra lectura, superior, más elevada, que se entiende como “la condición humana a priori”.

Ahora, que la humanidad está hecha pedazos, pedazos por la pandemia, pedazos por la crisis, pedazos por la confusión, por la injusticia; las malas noticias no son raras, la condición humana está a flor de piel, sin embargo, la realidad con toda su crudeza, no deja de hacerle espacio a la esperanza, y es allí donde encuentro el sentido de ser soñador.

El ser humano moderno, con frecuencia, pareciera haberse habituado a la oscuridad, para esos ojos un sol de vida, resulta hiriente; pues, hay gente que requiere más del sufrimiento que de la dicha. Lo mismo me sucede con relación al otro, sintiendo más lo ajeno como mío, un sentimiento que me insta a intercambiar papeles, lo que para el filósofo es vivir la empatía.

Partiendo de este iris, ¿quién se puede resistir a ser más bueno, si le enseñan a ponerse siempre en el lugar del otro? Solo por eso, por esa forma de ver las cosas, el mundo está salvado. A partir de ahí, todo cambia, no es lo mismo decir: “La mesa está ahí”, que decir: “Ahí está la mesa”. En la primera afirmación, priorizo el objeto, en la segunda, priorizo el espacio. Por ello, cuando vivo, priorizando al otro, estoy amando y creando un mundo más humanizado.
Creo que solamente de esta forma, podemos tomar la filosofía de Jesús —el revolucionario, al que celebramos el cumpleaños en Navidad—, y entregarla al mundo, renovada e irrebatible.

Es simple, solo tenemos que pensar más en el otro, ¿cuáles son sus miedos? ¿Qué ilusiones abriga? ¿Qué aspira? Y ayudarlo, ayudarlo a ser feliz. De esta manera, muy lejana quedará la complejidad de las relaciones familiares, de las relaciones de poder, el conflicto por tener siempre la razón se desvanecerá como niebla frente al sol.
Vivir el “hoy” es un reto muy exigente, requiere de aliento firme sin cansancio, pero, a veces, luchar por uno mismo, da lugar a abandonar, mas, si se lucha por el prójimo, persistimos con pasión. Así vivimos “La condición humana a priori”, generando esperanza de un mundo mejor.