La reflexión literal e inferencial promueven nuevos horizontes de vida lectora

Cuando se lee o se estudia un tema de nuestro interés, no solo que receptamos cognitivamente el conocimiento o la información que en el texto consta, sino que percibimos, detectamos o intuimos cómo la vida colectiva de la humanidad está representada en esa porción de lenguaje que el escritor crea, bien sea en el ámbito de las ciencias experimentales o en el de las ciencias experienciales, en especial, en el de la literatura, la filosofía, la psicología, la antropología, la ética.

De ahí que, el esfuerzo que el lector hace para comprender el texto, va de la mano, al mismo tiempo, con la inferencia que puede ejercer en esa realidad textual. Es decir, la comprensión se facilita mientras infiere, interpreta, valora, intuye, percibe, detecta algo más que no aparece literalmente en el texto y que, por esa misma razón, le ayuda a entenderlo y, por ende, a procesarlo mentalmente hasta que logra conformar un nuevo ambiente de ideas que ahora ya no le pertenecen al autor sino al lector, que es lo que lo enriquece subjetiva y culturalmente.

Por supuesto que, para que la comprensión de la obra y la inferencia que se pueda extraer sean plenas, de gozo, de alivio, de aprendizaje tanto cognitivo como emotivo, debe haber unos conocimientos previos sobre el tema, porque así aflora el más alto nivel de interés por el tema leído, y para que el pensamiento del lector se nutra y se desarrolle con más facilidad.

Incluso, como sostiene Rosenblatt, “el conocimiento sobre la vida del autor y las influencias literarias que actuaron sobre él creará la necesidad de comprender las condiciones intelectuales y filosóficas, sociales y económicas, que lo rodeaban. Si la obra no es contemporánea, los contrastes y las semejanzas entre las condiciones de esa época pasada y el presente arrojarán luz sobre las maneras en las que las reacciones actuales a la obra pueden diferir de aquellas de los contemporáneos del autor” (2002).

De esta manera, el acercamiento que el lector emprende en una temática determinada desde las condiciones que plantea Rosenblatt, harán que el conocimiento de esa temática sea más entendible y las inferencias mucho más enriquecedoras, más saludables, ante todo, porque “reflexionando nos aproximamos a los múltiples modos de pensar (…) sobre el sentido del mundo, de la vida, y de la muerte, de la libertad, de la sociedad, en fin, de todo lo real” (Maceiras, 2001) que aparece en el texto y en la interioridad del lector para que se reconozca como un ser consciente y dueño de una nueva visión sobre la vida; y todo, a partir de esa realidad textual que ahora en el lector ya no aparece solo desde la comprensión literal, sino inferencial, es decir interpretativa y hermenéuticamente procesada, en especial, desde un plano filosófico muy personal del lector (así se trate de la lectura de un texto científico).

Y ahí está la mayor riqueza antropo-ética y socio-metalingüística, dado que el lector ha creado ya unas condiciones cognitivas muy propias para “poner en claro, definir las situaciones, tipificar las experiencias, preguntarse por el sentido de las cosas… pero también con el ir sugiriendo el sentido más humano, abrir perspectivas, ampliar horizontes, superar las apariencias con el fin de ir haciéndose (…) cada vez más dueño de sí y de su mundo” (Maceiras, 2001), de manera que ya no es la reproducción de las ideas que el texto leído contiene, la que lo promueven para proyectarse en la vida, sino la manifestación de un pensamiento que signifique un nuevo aporte intelectual, profundo y radicalmente humano, en el que la coherencia y la trascendencia comulguen con la heterogeneidad de las realidades constituidas que siempre pululan en el ambiente contextual en el que el lector se mueve para proclamar su más fina reflexión.