Entre las tinieblas de la condena

Es la cárcel el desenlace del castigo, es el principio del sufrimiento porque perder la libertad es casi como renunciar a la vida.

Con la prisión se pretende disciplinar a quienes escogieron la ruta del desorden y el desacato.

El problema se profundiza cuando los encargados de garantizar el orden constituido ocultándose en la coraza de la transparencia y honestidad, arremeten contra los ciudadanos convirtiéndose en actores intelectuales y materiales de los peores delitos.

Los llamados a mantener la paz rompen los esquemas para obtener beneficios propios.

El resultado del desenfreno es el brote de la violencia proveniente desde varios frentes. El sistema político abusa de los bienes públicos, los dirigentes de las organizaciones sociales se toman el nombre de la lucha del bien común para

formular ataques rompiendo la normativa, los representantes de la función judicial determinan dudosos dictámenes y la sociedad mira con impotencia y contradictoriamente brinda apoyo directo o indirecto a los causantes de la crisis carcelaria.

Los actores políticos señalan que el asunto es la carencia de recursos para incorporar un buen sistema penitenciario. En cambio, otros proponen establecer adecuados modelos en la educación y hay quienes sugieren fortalecer el área productiva para que nadie robe a causa de la falta de oportunidades.

Lo cierto es que los criterios respecto a la crisis en las cárceles van y vienen. Se tejen infinitas propuestas de soluciones para superar la desmedida violencia que ha cobrado la vida de más de 300 personas en el Centro Penitenciario.

El Ecuador vive una suerte de incertidumbre porque al parecer de la lluvia de ideas para enfrentar los contratiempos en la seguridad carcelaria y la armonización de la convivencia social, nadie tiene la fórmula del antídoto de la aplicación práctica para superar los contratiempos.

El desorden se hace presente porque los encargados del control defraudaron la confianza colectiva al incurrir en actos de corrupción y la función judicial con oscuras sentencias contribuyen a la alteración de la tranquilidad.

Es evidente que hace falta que la transparencia sea más que una palabra, es urgente determinar acciones puntuales para despojarnos del disfraz que aparenta honestidad.